Crónicas Humanas
Las memorias del general Daniel Florencio O’Leary: un texto memorable
Las memorias del general Daniel Florencio O’Leary constituyen uno de los testimonios documentales más relevantes sobre la independencia de Venezuela y la vida de Simón Bolívar. Su elaboración, publicación y posterior controversia revelan el empeño de un hombre que dedicó buena parte de su vida a preservar el legado del Libertador.
Desde su llegada a Venezuela en 1818, con apenas 17 años de edad y como parte de los denominados «legionarios británicos», O’Leary se dedicó a cultivar la confianza y el afecto del Libertador Simón Bolívar. Fue su edecán militar más cercano y no solo le profesó una fidelidad absoluta en vida, sino que también se encargó de perpetuar su memoria después de su desaparición física.
De Irlanda a los campos de batalla de la independencia
Nacido el 24 de febrero de 1801 en Cork, Irlanda, desde joven sintió una especial atracción por el estudio y la lectura. Esto le permitió adquirir una formación que, seguramente, le sería de gran utilidad desde su llegada a Venezuela, tanto para ascender en la carrera militar como para consolidarse en su condición de asistente cercano de Bolívar.
Participó en las batallas de la campaña de Apure y, posteriormente, en las del Pantano de Vargas y Boyacá. Más tarde, se desempeñó como secretario del futuro mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, durante las negociaciones con los jefes del ejército español que condujeron, en 1820, a la firma de los tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra.
También participó en los encuentros bélicos de Pichincha y Tarqui, durante la campaña del Sur.
El guardián del archivo personal de Bolívar
En los años finales de la vida de Bolívar, O’Leary se convirtió en su hombre de mayor confianza: secretario, edecán y depositario y guardián de su archivo personal. Esta circunstancia sería clave para la futura publicación de sus memorias, que trascenderían el ámbito personal para constituirse en una extraordinaria obra de compilación, clasificación, análisis, ampliación y edición documental.
Sin duda, estas memorias se convertirían en una referencia fundamental para quienes, en lo sucesivo, incursionaran en la investigación sobre la vida y obra de Bolívar.
El general O’Leary señalaba que, poco antes de morir, el Libertador le había pedido que escribiera su vida. Este mandato lo obligó no solo a preservar y resguardar el archivo del grande hombre frente a eventuales saqueos de sus adversarios políticos, sino también a emprender una labor de investigación y organización documental.
Al exiliarse en Jamaica en 1831, inició un trabajo de selección y clasificación de documentos. Asimismo, amplió sus conocimientos sobre la lucha independentista antes de su llegada a Venezuela. Para ello, contó con la colaboración de su cuñado, el general Carlos Soublette, cuya hermana era su esposa, y de otros fieles bolivarianos, como Pedro Briceño Méndez.
En una correspondencia con este último, O’Leary escribió:
«Muy adelantado estoy, pero todos los primeros años de la revolución deben estar llenos de inexactitudes y esa parte necesita una completa refacción».
La amistad y la confianza del Libertador
El edecán predilecto del Libertador reveló cómo comenzó a reunir el material documental que alimentaría sus memorias, aun sin conocer el destino que tendría aquella recopilación:
«Desde mi llegada a América a principios de 1818 comencé a reunir datos y documentos que tuviesen relación con la guerra de independencia y con la vida del hombre extraordinario que la dirigía».
Luego agregó:
«Tuve la fortuna, desde el comienzo de mi carrera, de merecer de mi ilustre jefe la amistad y la confianza que de ella nace; amistad y confianza recíproca que duraron mientras él vivió, hasta que, destrozado el corazón y bañado el rostro de lágrimas, vi bajar sus restos mortales a humilde fosa, en la catedral de Santa Marta».
Al explicar las dificultades de aquel trabajo, el general O’Leary detalló:
«Muerto el Libertador, y destruida su grande obra, me retiré a Jamaica y allí me dediqué a arreglar mis papeles y a escribir mis memorias.
Los albaceas del Libertador me dieron su archivo y Soublette, Salom, Urdaneta, Flores, Montilla, Heres, Lara, Wilson y muchos otros amigos míos se apresuraron a enviarme los datos que les pedí para publicar, durante mi estadía en aquella isla, los que había reunido».
A continuación, añadió un dato de especial interés:
«En 1835, en compañía del general Soublette, visité al general don Pablo Morillo en La Coruña y, al saber este que yo me ocupaba de escribir la vida de su antiguo rival, de quien era gran admirador, diome muchos documentos cogidos en los campos de batalla de Venezuela».
Una labor que trascendió la vida de O’Leary
Cumpliendo con el mandato que, según sus propias palabras, le había encomendado su admirado general Bolívar, O’Leary asumió, después de su muerte, distintos destinos diplomáticos.
Primero actuó como agente de Venezuela en misiones en Inglaterra, Francia y España. Más tarde, se desempeñó como diplomático de su país natal, acreditado ante Venezuela y Colombia.
Sin embargo, nunca abandonó su encomienda. Durante años, trabajó arduamente en la recopilación y organización de los documentos. La traducción al español de sus notas, redactadas originalmente en inglés, también se realizó con encomiable empeño. De esa tarea se encargó su hijo, Simón Bolívar O’Leary, cuyo nombre revelaba la profunda admiración que el edecán sentía por su glorioso jefe.
La publicación de las memorias y la polémica por el tercer tomo
La publicación de estas voluminosas memorias, que reúnen cartas, documentos y otros textos de importancia para comprender el proceso de independencia y el papel rector de Bolívar, se produjo muchos años después, bajo los auspicios del general Antonio Guzmán Blanco, presidente de la República. Su madre, Carlota Blanco, era familiar cercana del Libertador.
Mediante un decreto del 3 de diciembre de 1879, se ordenó la impresión de la obra, cuyo resultado final alcanzó los 32 tomos.
Durante ese proceso ocurrió un hecho inexplicable: el presidente de la República, conocido por su talante arbitrario, ordenó suprimir e incinerar, sin ofrecer explicaciones, el tomo tercero de las memorias, correspondiente a su apéndice.
La decisión de Guzmán Blanco abrió un debate sobre las razones que lo habían llevado, a él, también denominado «Ilustre Americano», a tomar semejante determinación.
Para algunos, aquella parte de la obra contenía expresiones denigrantes contra su padre, el siempre polémico y cuestionado Antonio Leocadio Guzmán. Para otros, en la versión más aceptada, el tomo incluía las cartas amorosas que Bolívar intercambió con Manuela Sáenz, quien, como consta en los registros históricos, fue su compañera sentimental durante la última etapa de su vida.
En cualquier caso, cualquiera que fuese la razón aducida por el presidente Guzmán, este no tenía autoridad ni derecho para suprimir un texto de 512 páginas que, años más tarde, en 1914, fue publicado. De su contenido no podía inferirse ninguna ofensa a la figura y memoria del Libertador.
O’Leary y su admiración incondicional por Bolívar
Era difícil pensar que el pundonoroso edecán preferido de Bolívar pudiera incorporar a sus voluminosas recopilaciones algo que hiriera la memoria de su jefe.
El propio general O’Leary lo había advertido al asumir la titánica tarea de recopilar y seleccionar documentos:
«Tampoco me he arrogado el oficio de censor porque ahora que todo el mundo encuentra errores de concepto, faltas políticas, poco juicio y menos cálculo en la conducta del Libertador, confieso que yo no encuentro sino genio, grandeza, talentos y sublimes pensamientos y sobre todo muchas y muy espléndidas virtudes».
Un legado documental para la historia de Venezuela
Las sucesivas ediciones, que han incorporado a la obra el contenido suprimido arbitrariamente por Guzmán Blanco, han puesto en evidencia el valor excepcional de estas memorias.
Constituyen un referente de primera importancia para el estudio de nuestro proceso de independencia y dan testimonio de la admiración, el respeto y la idolatría que aquel joven edecán irlandés profesó a su jefe.
Más allá de la devoción personal de O’Leary por Bolívar, su trabajo dejó a las generaciones posteriores un valioso acervo documental para estudiar la independencia y comprender la dimensión histórica del Libertador.
Por: Rafael Simón Jiménez (@rafaelsimonjimenezmelean)
Intelectual, historiador y político venezolano
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