Reportajes Especiales
Kerepakupai Vená: la historia sagrada detrás del Salto Ángel
El Salto Ángel, nominado como Principal Atracción Turística de Sudamérica en los World Travel Awards 2026, esconde una historia milenaria que va mucho más allá del nombre de un aviador aventurero. Es un lugar donde la tierra tiene memoria, el agua tiene alma y la piedra tiene dos mil millones de años de existencia.
Especial. – Venezuela vuelve al centro del mapa turístico internacional. El Salto Ángel acaba de recibir una nominación como «Principal Atracción Turística de Sudamérica» en los prestigiosos World Travel Awards 2026, compitiendo frente a gigantes como Machu Picchu, el Cristo Redentor, las Cataratas del Iguazú y el Glaciar Perito Moreno. Pero hay algo que ningún trofeo puede certificar: esta cascada no necesita que nadie la descubra. Lleva aquí, en silencio y en majestad, desde antes de que existiera la palabra «turismo», antes de que existiera la palabra «Venezuela», antes, incluso, de que existiera el ser humano.
Kerepakupai Vená: El nombre que el agua siempre tuvo
El Salto Ángel se llama, en lengua pemón, Kerepakupai Vená, que significa «salto del lugar más profundo». No es una descripción poética inventada después. Es el nombre que le dieron quienes vivieron junto a él durante siglos, el pueblo pemón, guardianes ancestrales de la Gran Sabana, hombres y mujeres que no necesitaban medir con instrumentos lo que sentían con el cuerpo: que aquel lugar era distinto, que el agua que caía desde el cielo tenía un poder que trascendía lo físico.
Los pemones llamaban Yauyán, o «Montaña del Diablo», a la formación rocosa de donde nace el salto, y de allí proviene el nombre Auyantepuy. No era un nombre de miedo, sino de respeto. En la cosmovisión pemón, los tepuyes son entidades vivas, moradas de espíritus, territorios donde lo sagrado y lo terrenal se tocan. Subir al Auyantepuy no era solo una aventura física: era cruzar un umbral.
Para el pueblo Pemón, que habita la región, el Salto Ángel y el Auyantepuy son lugares sagrados, imbuidos de mitos y leyendas ancestrales que forman parte integral de su cosmovisión. Esa verdad sobrevivió colonizaciones, expediciones y siglos de olvido. Y hoy regresa con fuerza, en un mundo que empieza a entender que los pueblos originarios no eran obstáculos del progreso, sino los primeros custodios del planeta.
Una roca de dos mil millones de años: La geología del asombro
Para entender por qué el Salto Ángel existe, hay que retroceder más lejos de lo que la mente humana puede imaginar con facilidad. Los tepuyes son vestigios de una de las formaciones geológicas más antiguas de la Tierra: el Escudo Guayanés, que data de hace unos dos mil millones de años. Mientras el resto del planeta se transformaba, plegaba y erosionaba, esas mesas de roca permanecieron casi inalteradas, como testigos de piedra del origen del mundo.
El Auyantepuy es una meseta de arenisca —gneis y granito— enclavada en el macizo occidental del Escudo Guayanés. Su origen es una altiplanicie prepaleozoica y paleozoica. Durante las eras geológicas, las corrientes fluviales erosionaron la altiplanicie hasta formar las típicas mesetas tabulares propias de la región. El tepuy tiene una altura máxima de 2.450 metros, elevándose sobre el valle de Camarata, con 35 kilómetros de largo y 25 de ancho.
¿Y por qué el agua cae desde tan alto? La explicación es tan poderosa como el salto mismo. El agua que alimenta el Salto Ángel proviene de las intensas lluvias tropicales que se acumulan en la cima del Auyantepuy. Forman ríos y quebradas que, al llegar al borde de la meseta, se precipitan al vacío en una caída que parece infinita. Al finalizar la caída, se desintegran en una fina neblina antes de tocar el suelo. Este fenómeno crea un microclima único en la base, donde la vegetación prospera gracias a la constante humedad.
Dicho de otra manera: el salto no toca el suelo. El agua se convierte en vapor, en nube, en lluvia antes de llegar abajo. La cascada más alta del mundo llega al suelo como caricia, no como golpe. Su altura total es de 979 metros, con 807 metros de caída libre ininterrumpida. Para ponerlo en perspectiva: es 15 veces más grande que las Cataratas del Niágara y tres veces más alta que la Torre Eiffel en París.
La Historia de los «Descubridores»: Un secreto a voces
Aquí comienza uno de los episodios más intrigantes de este relato. ¿Quién descubrió el Salto Ángel? La respuesta honesta es: nadie lo descubrió, porque siempre estuvo ahí. Pero la historia occidental necesita nombres, fechas y héroes.
El Salto Ángel era conocido por los indígenas de la región, pero su «descubrimiento» oficial sigue siendo materia de discusión. Los candidatos se acumulan como capas geológicas. Hay quien señala a Ernesto Sánchez La Cruz, oficial de la marina venezolana, que en 1910 elaboró un croquis o mapa de la zona luego de que indígenas pemones lo condujeran hasta el salto. En efecto, en uno de sus viajes por razones oficiales, Sánchez La Cruz fue conducido por indígenas de la etnia pemón hasta el salto al que llamaban «Kerepakupai Merú».
Luego llegan los exploradores catalanes. Las primeras noticias publicadas de su existencia en el mundo occidental se deben al viajero Félix Cardona Puig y a Juan María Mundó Freixas, quienes en mayo de 1927 viajaron aguas arriba del río Carrao. Al escuchar de los indígenas sobre la enorme catarata que caía desde el Auyantepuy, decidieron desviarse de su ruta. Lograron alcanzar la base del tepuy, donde establecieron un campamento por varios días.
Pero el nombre que quedó en la historia fue el de un aviador texano. Los artículos y mapas de Cardona atrajeron el espíritu de aventura del aviador estadounidense Jimmie Angel, quien se puso en contacto con Cardona para hacer varias visitas al salto en 1937. El 21 de mayo de 1937, Cardona acompañó a Jimmie Angel a sobrevolar el salto.
Lo que ocurrió después convirtió al salto en leyenda. En septiembre de ese mismo año, Angel insistió en aterrizar en la cima del Auyantepuy, propósito que logró abruptamente, incrustando la avioneta en el suelo. Las noticias del accidente, que afortunadamente no dejó víctimas, motivaron que el gran salto fuese bautizado como Salto Ángel.
El nombre, curiosamente, tampoco fue decisión de Angel. Surgió durante una reunión en Caracas. Cuando los presentes hablaron de la caída o salto, uno de los participantes, Gustavo Heny, preguntó qué nombre tenía. Como Jimmy y su colega no sabían qué responder —pues no existía un mapa con denominación—, fue Heny quien sugirió el nombre de Ángel, usando el apellido del aviador.
Así que la cascada más alta del mundo lleva el apellido de un hombre que casi muere al aterrizar en su cima, bautizada por un tercero en una reunión de café. Y sin embargo, su verdadero nombre, Kerepakupai Vená, sigue vivo en la voz de los pemones.
El explorador solitario: Aleksandrs Laime y el camino al pie del Salto
La historia guarda otro personaje fascinante y casi olvidado. El primer ser humano en llegar al río que alimenta las cataratas fue el explorador letón Aleksandrs Laime, también conocido como Alejandro Laime por los nativos de la tribu Pemón. Hizo la ascensión del Auyan-tepui en 1955. Dio al río el nombre de uno de los más hermosos ríos de Letonia, el Gauja.
Laime fue también el primer europeo en recorrer un sendero que conduce desde el río Churún a la base de las cataratas. En el camino hay un punto geográfico comúnmente utilizado hoy para fotografiar las caídas. Un letón solitario, perdido en la selva venezolana, abrió el camino que hoy recorren miles de aventureros cada año. La historia del Salto Ángel tiene ese don raro: todos sus protagonistas parecen personajes de novela.
Patrimonio de la Humanidad: La certificación que faltaba
El Parque Nacional Canaima fue inscrito en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1994 por sus formaciones de tepuyes de origen precámbrico, acantilados verticales y valores biogeológicos excepcionales.
El parque se extiende sobre un área de más de 30.000 km², similar a la extensión territorial de Bélgica, hasta las fronteras con Guyana y Brasil. En su interior, hay más de 500 especies de orquídeas y bromelias, y ríos de un color rojo cristalino que hacen del paisaje algo único y espectacular.
Además, en 2009, el Salto Ángel fue nominado para las Siete Maravillas Naturales del Mundo. Resultó la tercera más votada entre 77 maravillas en el mundo entero. Sin campaña millonaria, sin infraestructura masiva de marketing, la gente del planeta votó por aquella cascada venezolana que se deshace en niebla antes de tocar la tierra.
La pantalla grande también lo vio
La magia del Salto Ángel trascendió fronteras de una manera inesperada: a través del cine. La película animada Up (2009), de Disney Pixar, galardonada con dos Óscar, usó el Salto Ángel como inspiración para las «Cataratas Paraíso», el lugar al que el protagonista desea llevar su casa.
Igualmente, gran parte de los paisajes de la ficticia luna Pandora en la película Avatar (2009) de James Cameron fueron inspirados por el Salto Ángel, el Auyantepuy y los paisajes del Parque Nacional Canaima. Dos de las películas más taquilleras de la historia tienen en su ADN visual esta joya venezolana. Y la mayoría de los espectadores jamás lo supo.
Llegar al Salto Ángel: Una aventura real, No un tour de Instagram
Esta es la pregunta que muchos se hacen cuando ven las fotos: ¿puedo ir yo? La respuesta es sí. Pero hay que entender lo que implica.
La forma más común de llegar es mediante vuelos en avioneta desde Ciudad Bolívar o Puerto Ordaz hasta la comunidad indígena de Canaima. Desde allí, el viaje continúa en curiaras (embarcaciones fluviales indígenas) por los ríos Carrao y Churún, seguido de una caminata a través de la selva para llegar a un mirador. Esta travesía puede durar varios días.
El salto queda a unos 73 kilómetros de la laguna de Canaima, recorridos en curiara sin ningún apoyo en la espalda, con no menos de tres horas de ida y otro tanto de vuelta.
La travesía comienza navegando muy temprano en curiara hacia los rápidos de Mayupa, seguida de una caminata de 40 minutos. Luego, una navegación de tres horas por el río Carrao hasta la Isla Ratón. Al bajar de la curiara, una caminata adicional de 40 minutos en terreno selvático conduce al mirador. Desde allí se obtiene una vista completa y cercana de la cascada. Quienes sueñan con bañarse en sus aguas solo necesitan caminar 10 minutos más hasta llegar al pie del salto.
La mejor época para ir no es cualquier mes. Durante la temporada de lluvias, de mayo a diciembre, los ríos están más caudalosos y las cascadas más imponentes. En la temporada seca, de enero a abril, los ríos bajan su nivel y el Salto Ángel pierde bastante caudal. Los meses entre junio y noviembre son los más recomendados, cuando el clima es más estable y el agua está en su punto ideal.
Un detalle clave que pocos mencionan: el salto no puede ser visto en días nublados, por lo que los visitantes no tienen ninguna garantía de poder verlo en su plenitud. Hay quienes hacen el viaje completo y el Kerepakupai Vená se esconde entre nubes. Esa es, paradójicamente, parte de su encanto: no se entrega fácilmente. Hay que merecérselo.
El riesgo del éxito: ¿Puede el turismo destruir lo que ama?
La nominación a los World Travel Awards 2026 llega con una sombra que sería irresponsable ignorar. El turismo masivo ha destruido ya ecosistemas enteros en el mundo. El Salto Ángel no es inmune a ese riesgo.
Regular el flujo de turistas es esencial para evitar la sobrecarga del ecosistema, garantizando que la actividad turística se desarrolle de manera armónica con la capacidad de carga del parque. Es fundamental sensibilizar a los visitantes y a las comunidades locales sobre la importancia de la conservación, promoviendo prácticas responsables y un profundo aprecio por el valor ecológico del lugar.
Por su geografía de aislamiento, el Salto Ángel tiene una protección natural que Machu Picchu o el Cristo Redentor jamás tendrán: no se llega en bus. No hay carretera. No existe una autopista de turistas. Cada visitante debe hacer un esfuerzo real para llegar, y ese esfuerzo actúa como filtro natural. Pero la pregunta sigue en pie: ¿cuántos visitantes puede absorber la selva sin romperse?
La señal de teléfono en los alrededores solo la tiene la operadora Movilnet, casi sin datos para navegar en internet. En las áreas comunes de los campamentos hay conexión Wi-Fi a través de Starlink, aunque con posibles limitaciones de velocidad. Eso dice mucho: quien va al Salto Ángel se desconecta. El mundo real queda atrás. Y eso, en 2026, es casi un lujo mayor que la propia cascada.
Lo que espera al visitante: Una experiencia transformadora
Quienes han estado allí coinciden en algo que no se puede fotografiar del todo: la dimensión emocional. Pararse frente al Kerepakupai Vená produce algo cercano al vértigo espiritual. No es la foto. No es el check en el mapa. Es la conciencia repentina de que el planeta es infinitamente más grande, más antiguo y más bello de lo que cualquier pantalla puede mostrar.
El viaje ofrece también un encuentro con la cultura pemón: sus curiaras, su cocina, sus historias. Las excursiones incluyen traslados en curiaras ancestrales a través de paisajes selváticos, pernocta en hamacas frente al Salto Ángel, guías locales expertos y una inmersión auténtica en la cultura pemón.
Dormir en hamaca escuchando el rugido lejano de una cascada que no toca el suelo, bajo un cielo sin luz artificial, en una selva que tiene memoria de dos mil millones de años: eso no lo vende ningún algoritmo.
Un tesoro que nos interpela
El Salto Ángel no necesitaba esta nominación para ser lo que es. Existía antes de que existiéramos nosotros, y existirá —si lo cuidamos— después. La verdadera pregunta que plantea este reconocimiento internacional no es si Venezuela merece este galardón. La pregunta es si estamos a la altura de lo que custodiamos.
Kerepakupai Vená, el salto del lugar más profundo, sigue ahí. Cayendo desde una roca de dos mil millones de años, disolviéndose en niebla antes de tocar la tierra, recordándonos cada día que hay cosas en este planeta que no pertenecen a ninguna bandera, ningún premio y ningún nombre de aviador. Pertenecen al tiempo mismo. Y el tiempo nos está mirando para ver qué hacemos con ellas.
Daxy Oropeza | @daxyoropeza
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