Poder & Liderazgo
Venezuela no merece la corrupción: el dinero público pertenece a los ciudadanos
El saqueo sistemático de los recursos públicos no es una fatalidad genética ni una costumbre folclórica de la política venezolana; es un mecanismo deliberado de control y empobrecimiento. La experiencia latinoamericana demuestra que la corrupción no se combate con resignación ni mesías, sino con una ciudadanía despierta que entienda que el dinero del Estado tiene un solo dueño: la ciudadanía.
«Cuando la plata no se roba, alcanza.» — Nayib Bukele
Especial.- Hay una frase de Nayib Bukele que resuena con la fuerza de un latigazo en toda América Latina: «Cuando el dinero no se roba, alcanza». Más allá de las pasiones o debates que despierta su gestión, esa premisa desnuda una verdad incómoda que en Venezuela nos hemos acostumbrado a esquivar.
No estamos condenados a la miseria. Nos enseñaron a resignarnos, a ver la corrupción como un rasgo inevitable del paisaje, como si el saqueo fuera una ley de la física. No es así, la corrupción no es un destino: es un delito sistemático que se traga el futuro de un país entero.
Escuchamos en las calles un murmullo insistente: «Venezuela necesita un Bukele». Pero reducir el dilema a la llegada de un salvador es caer en la misma trampa circular de siempre. El verdadero cambio no empieza con un hombre en el poder; empieza en la cabeza de cada ciudadano que decide dejar de tolerar el despojo.
El cáncer de la corrupción no distingue bando
El mensaje tiene que ser brutalmente honesto y sin anestesia: basta de corrupción, venga de donde venga.
Basta del funcionario que convierte el tesoro nacional en su cuenta personal, pero también de quienes, autoatribuyéndose la vocación de cambio, terminan acomodándose en la sombra de sus propios privilegios. Mientras unos y otros se reparten el botín, la gente real —el médico, el profesor, el emprendedor, el joven que sueña con producir— choca contra un muro invisible construido por la extorsión, la burocracia y el saqueo.
Venezuela no es un país sin talento; es un país ahogado. La corrupción no solo arruina economías: destruye proyectos de vida. Han empujado a millones de venezolanos a cruzar fronteras con una maleta a cuestas, despojándolos de su hogar para obligarlos a empezar de cero en latitudes ajenas. La emigración masiva no es un accidente geográfico; es el resultado directo de un sistema que prefirió expulsar a sus hijos antes que rendir cuentas.
¿Por qué se aferran al poder?
Hay una pregunta que quema y que debemos hacernos sin rodeos: ¿por qué quienes hicieron de la corrupción su estilo de vida se niegan drásticamente a soltar el poder?
La respuesta es ridículamente simple: porque el poder absoluto y sin contrapesos es la única garantía de impunidad. Sin instituciones transparentes, sin auditoría ciudadana y sin justicia independiente, los recursos colectivos se transforman en fortunas privadas. La opacidad no es desorden: es una estrategia. Cuando un gobierno oculta sus cuentas, le roba la voz a la sociedad.
El silencio no siempre es cobardía; a veces es prudencia, resistencia o la simple estrategia de quien observa para dar el paso correcto. Pero la espera indefinida quiebra la dignidad de cualquier pueblo.
Recuperar la propiedad de lo público
Debemos grabarnos una certeza en el pensamiento: el dinero público no le pertenece al gobernante de turno. No es un regalo, no es una dádiva y no forma parte del patrimonio personal de ningún partido ni ideología. Cada dólar evaporado de las arcas del Estado es una escuela que no abre, un hospital sin insumos, un sueldo de hambre y una oportunidad arrancada de las manos de nuestros hijos.
Gobernar es servir, no saquear. La lucha contra la corrupción no puede ser la pancarta electoral de un líder de paso; tiene que convertirse en un mandato nacional irrenunciable.
Venezuela puede ser distinta. No estamos marcados por una maldición histórica. Podemos edificar una nación donde el esfuerzo valga la pena, donde el conocimiento pague, donde el mérito sustituya al carnet y donde quien administre el dinero del pueblo sepa que la cárcel es el único destino para quien lo robe.
El cambio no vendrá empaquetado desde afuera ni dependerá de un mesías tropical. El camino se construye cuando una sociedad decide, de una vez por todas, mirarse al espejo, sacudirse el entumecimiento y gritar con convicción: Venezuela no merece corrupción; merece libertad, justicia y futuro.
Lo construiremos como sociedad, cuando entendamos que tolerar la corrupción también significa entregar nuestro futuro.
✍️ @DaxyOropeza
@GentedeHoy | Periodismo con propósito
Todo lo que quieras en Amazon está aquí: Gentedehoy_20
