Crónicas Humanas
La última visita del Libertador Simón Bolívar a Caracas
Simón Bolívar regresó a Caracas a finales de 1826, en medio de una profunda crisis política que amenazaba la unidad de Colombia. Durante casi seis meses se reencontró con su ciudad natal, su familia y sus afectos, mientras intentaba preservar el proyecto integrador al que había dedicado buena parte de su vida.
Especial. – Por: Rafael Simón Jiménez. – Bolívar, en medio de la vida accidentada y azarosa que le tocó enfrentar desde niño, siempre sintió predilección por la ciudad que lo vio nacer. Allí alternó vivencias y carencias afectivas, tanto en las extensas posesiones que su acaudalada familia tenía en la capital y en los valles de Aragua como durante los viajes a España y sus recorridos por Europa en su juventud.
Una ciudad marcada por la guerra
La destrucción producida por el terremoto de 1812, la retirada hacia Oriente ante la inminente amenaza de la «legión infernal» de José Tomás Boves y la frustración de la campaña del Centro de 1818, al no poder superar el cordón defensivo trazado por el general Pablo Morillo, solo dieron lugar, durante aquellos largos años de contienda bélica, a dos visitas.
La primera ocurrió en 1813, cuando culminó la llamada Campaña Admirable, que le hizo merecedor del reconocimiento colectivo bajo el título de Libertador, conferido por la municipalidad de Caracas.
La segunda estuvo marcada por la apresurada evacuación de 1814, ante la abrumadora ventaja de las tropas realistas. A partir de entonces protagonizó un largo periplo por el oriente del país y, tras la pérdida de la República, recorrió las islas del Caribe, alimentando su deseo de regresar y buscando auxilio entre sus gobernantes, incluida la libertaria Haití de Pétion.
La estrategia para recuperar Venezuela
De regreso a Venezuela para reemprender la lucha, Bolívar y sus generales dieron prioridad a la llamada campaña de Guayana, que culminó con las victorias de El Juncal y San Félix, guiadas por el general Manuel Piar.
Aquellos triunfos colocaron en manos patriotas la estratégica zona de Angostura, sus misiones y la navegación del Orinoco.
Sin embargo, Bolívar estaba convencido de que la independencia de Venezuela solo sería posible con la conquista de Caracas, capital y centro político del país.
La correlación de fuerzas militares no parecía favorecer sus objetivos. Por ello marchó hacia los llanos apureños, donde el general José Antonio Páez se había convertido en un guerrero imbatible.
Bolívar logró cautivarlo y reconocer su liderazgo, lo que le permitió solicitar su acompañamiento para avanzar sobre el centro del país.
El intento terminó en una contundente derrota de las fuerzas patriotas en la batalla del río Semén, conocida también como la tercera batalla de La Puerta. Páez se replegó hacia sus dominios apureños y Bolívar se vio obligado a desistir de su empeño.
La mirada hacia Nueva Granada
Caracas parecía alejarse de los propósitos inmediatos de Bolívar. En una reformulación de su estrategia, diseñó la liberación del virreinato de Nueva Granada.
Para ello requirió nuevamente el apoyo de Páez en la desafiante aventura del paso de los Andes por el páramo de Pisba.
La maniobra colocó a las fuerzas patriotas en una posición estratégica frente a las tropas españolas de Bogotá, al mando del general Barreiro y bajo la autoridad del virrey La Serna.
Las victorias de Paya, Gámeza, el Pantano de Vargas y Boyacá sellaron la independencia de aquella importante región. Sus recursos y disponibilidades marcarían un cambio cualitativo en el curso de la guerra en Venezuela.
Los acuerdos de Trujillo
La nueva realidad fue percibida por el mariscal Pablo Morillo, quien se dedicó a buscar un statu quo con Bolívar.
Ese proceso se materializó con la firma de los acuerdos de Trujillo, que establecieron un armisticio y formularon un tratado de regularización de la guerra.
Los acuerdos reconocieron, de hecho, la condición de beligerantes de los patriotas y la autoridad de Bolívar como presidente de ese sector.
Bolívar regresó de Nueva Granada para reunir el Congreso de Angostura, donde pronunció su célebre discurso y formuló las bases de la futura unión entre Venezuela y Nueva Granada.
Aprovechando la nueva realidad militar favorable a la causa independentista, se dedicó a planificar la campaña de Carabobo.
Más que una batalla, aquella campaña implicó la movilización de recursos humanos y logísticos, además de una estrategia destinada a distraer y dividir a las fuerzas enemigas.
El regreso a Caracas después de siete años
Para junio de 1821, Bolívar tenía siete años sin visitar Caracas. Arribó a la ciudad el día 29, apenas cinco días después de la victoria decisiva de Carabobo.
Poco tiempo después partió hacia Bogotá para asumir la Presidencia de Colombia, en el marco de la nueva institucionalidad creada por la Constitución sancionada por el Congreso Constituyente reunido en Cúcuta, el 30 de agosto de 1821.
Desde allí marchó hacia el sur para propiciar la independencia de la provincia de Quito y del virreinato del Perú.
Aquella empresa le consumiría años de esfuerzos, pugnas, disputas, maniobras, rebeliones, satisfacciones y frustraciones.
Con el tiempo, esas tensiones terminarían por desestabilizar y poner en entredicho su proyecto integrador.
Contra ese proyecto se levantaron élites y caudillos locales, interesados en preservar sus feudos y privilegios, así como visiones enfrentadas entre civilismo y militarismo, democracia y autoritarismo, centralismo y descentralización.
Las pugnas se incrementaron mientras Bolívar, dedicado a la independencia del sur, disminuía su presencia al frente del Estado. Su autoridad comenzó a erosionarse y las bases de una unión ya frágil terminaron por implosionar.
Venezuela y el conflicto con Bogotá
En Venezuela, el proyecto de unidad establecido en la Ley Fundamental de Colombia y posteriormente en la Constitución de Cúcuta nunca contó con adhesiones mayoritarias.
Sus detractores argumentaban, no sin cierta razón, que el pueblo venezolano no había sido consultado en ninguno de los dos instrumentos fundacionales.
También rechazaban la subordinación a instituciones y a un poder cuyo centro de decisiones se encontraba en Bogotá.
A Bolívar le reprochaban haber propiciado un papel secundario y subordinado para Caracas.
Detrás de esos argumentos también se encontraban aspiraciones de protagonismo y mando de caudillos militares y élites económicas locales.
Así comenzó a consolidarse un movimiento separatista que posteriormente tomaría fuerza en la llamada Cosiata, articulada alrededor del liderazgo del general José Antonio Páez.
Tras su papel en la victoria de Carabobo, Páez había sido designado por Bolívar, antes de salir de Venezuela, como jefe civil y militar del Departamento de Venezuela.
Santander, Páez y la crisis de la unión
Santander y Páez, Bogotá y Caracas, se convirtieron en los ejes de una rivalidad que fue acumulando razones, situaciones y cuestionamientos hasta degenerar en antagonismos irreconciliables.
La autoridad de Bolívar parecía, en principio, estar por encima de ambos contendores.
Sin embargo, el Libertador permanecía ocupado en la campaña del sur, en las complejas situaciones surgidas en el antiguo virreinato del Perú y en la creación de Bolivia.
Por ello no intervino oportunamente y las desavenencias se hicieron cada vez más agudas.
Páez fue citado a comparecer ante el Senado de Bogotá, tras ser denunciado por abusos y extralimitaciones en el ejercicio de su autoridad.
El general se negó a comparecer y posteriormente desconoció abiertamente las decisiones adoptadas en su contra desde la capital colombiana.
Bolívar quedó entonces en una posición incómoda y comprometida.
En Bogotá se alineaban, en torno al vicepresidente Santander, sectores que cuestionaban su idea de un gobierno centralista y de una presidencia vitalicia, tal como la había planteado en su proyecto de Constitución para Bolivia.
En Venezuela, quienes respaldaban a Páez señalaban a Bolívar como responsable del papel secundario y subordinado asignado al país en los textos fundacionales de la unión.
El regreso de Bolívar a Venezuela en 1827
La gravedad de la situación amenazaba con liquidar su mayor proyecto e incluso propiciar una confrontación armada entre Nueva Granada y Venezuela.
Aquello obligó a Bolívar a trasladarse nuevamente a Venezuela a finales de 1826.
Ingresó por la frontera de Cúcuta el 12 de diciembre y luego continuó hacia Maracaibo y Coro. Más tarde, el 31, llegó a Puerto Cabello.
Desde allí, con la intención de poner en evidencia sus propósitos de reconciliación y paz, dictó un amplio decreto de amnistía para quienes hubieran emitido opiniones o propiciado disputas relacionadas con el movimiento separatista.
También ratificó a Páez, quien había sido suspendido de toda autoridad por el Congreso de Bogotá, como jefe civil y militar de Venezuela.
Al conocer la presencia del Libertador en territorio venezolano, Páez emitió una proclama el 15 de diciembre en la que expresó:
«…Venezolanos, olvidad vuestros males. ¡El gran Bolívar está con nosotros!».
El abrazo de Naguanagua y la entrada a Caracas
El afectuoso saludo con el que Páez recibió la visita del Libertador se materializó posteriormente en un emotivo encuentro en el cerro de Naguanagua, cercano a Valencia.
Fundidos en un abrazo, ambos se hicieron promesas de afecto y reconocimiento.
Juntos marcharon hacia Caracas.
Por el camino de Antímano, Bolívar entró nuevamente a la ciudad que lo vio nacer, después de casi siete años de ausencia.
Fue recibido por una multitud entre vítores y exaltaciones.
Permaneció en Caracas durante casi seis meses, hasta el 4 de julio de 1827.
El reencuentro con la ciudad y la familia
Bolívar se sintió complacido durante su estadía en la capital.
No solo se reencontró con el paisaje urbano de su infancia y juventud, sino también con familiares muy queridos, como sus hermanas María Antonia y Juana; con Hipólita, a quien consideraba su segunda madre, y con otros miembros de su familia.
Pero sentía, además, que el objetivo fundamental de su visita se había cumplido.
Había logrado convencer a Páez de volver al redil de las instituciones colombianas.
Lo había llenado de halagos y promulgado una amplia amnistía que parecía haberle ganado nuevamente el favor de sus paisanos.
Todo parecía marchar viento en popa.
Sin embargo, su aguda visión como analista militar y político le permitía comprender que el conflicto entre Caracas y Bogotá tenía implicaciones y raíces más profundas.
Las pugnas por el liderazgo y las diferencias de visión y concepción continuaban amenazando la unidad y estabilidad de Colombia.
Los días de Bolívar en Caracas
Los agasajos se multiplicaron. Todos los sectores deseaban rendir tributo de admiración y afecto al hijo ilustre que regresaba a su ciudad natal.
Bolívar alternó su residencia entre su casa de Las Gradillas, las haciendas familiares de los valles de Aragua y la hacienda Anauco, propiedad de su gran amigo, el marqués del Toro.
Atendió asuntos oficiales y se puso al día con los temas familiares.
María Antonia lo mantenía informado sobre las incidencias de la política y las intrigas locales.
Bolívar aprovechó para disponer de los activos de la herencia familiar.
A Juana le asignó una pensión vitalicia que pidió descontar de su sueldo como presidente.
También veló por el sustento de Hipólita, a quien trataba como una segunda madre.
Incluso intervino en asuntos relacionados con Bolívar Tinoco, hija de su hermano José Vicente, fallecido tempranamente, y le impuso la obligación de casarse con el general José Laurencio Silva, uno de sus hombres más apreciados y de mayor confianza, a quien ella ni siquiera conocía.
La espada para José Antonio Páez
El general Páez confiesa en su autobiografía que, en varias oportunidades, compartió amenas conversaciones con Bolívar, a quien daba demostraciones de amistad y acatamiento a su autoridad.
En un acto especialmente diseñado para los dos jefes militares, Bolívar sorprendió al héroe de Carabobo al obsequiarle una espada con empuñadura de diamantes.
El objetivo parecía ser halagarlo al máximo para asegurar su fidelidad al proyecto y al mando bolivariano.
Páez, conmovido, pronunció un discurso que parecía haber alcanzado ese propósito y, al borde de las lágrimas, exclamó:
«…En mis manos esta espada nunca será otra cosa que la espada de Bolívar. Su voluntad la dirigirá, mi brazo la sostendrá; pereceré mil veces, derramaré toda mi sangre antes de dejarla caer de mis manos o antes de intentar con ella derramar la sangre que se ha liberado. En mis manos está la espada de Bolívar. Por él iré con ella hasta la eternidad».
Resulta difícil pensar que aquel sentido y lisonjero discurso sería negado poco tiempo después por sus propias acciones.
La Universidad de Caracas y José María Vargas
Otra labor trascendente de Bolívar durante los meses de su última visita a Caracas fueron sus medidas en materia educativa y, particularmente, sus preocupaciones por la suerte de la Universidad de Caracas, futura Universidad Central de Venezuela.
El Libertador no conocía al doctor José María Vargas, pero la empatía que surgió entre ambos fue de tal naturaleza que forjaron una extraordinaria amistad.
Bolívar llegaría incluso a incluirlo en la lista de sus albaceas testamentarios.
También allanó el camino hacia el rectorado de Vargas y participó activamente en el diseño y previsión estatutaria de la nueva Universidad Central de Venezuela, así como en la asignación de recursos para su funcionamiento.
La despedida de su ciudad natal
Bolívar consideró cumplida su misión en Caracas.
La situación de Bogotá y las recurrentes pugnas en Perú y Ecuador requerían nuevamente de su presencia.
Partió optimista sobre el futuro de Venezuela.
El 4 de julio, en una proclama dirigida a sus conciudadanos, agradeció las consideraciones y distinciones recibidas durante su estadía y concluyó:
«Nacido ciudadano de Caracas, mi mayor ambición será conservar este precioso título: una vida privada entre vosotros será mi delicia, mi gloria y la venganza que espero tomar de mis enemigos».
En la madrugada del 6 de julio, el ilustre caraqueño descendió hacia La Guaira.
El día 9 abordó la fragata inglesa Constitución, que lo llevaría a Cartagena y, posteriormente, a Bogotá.
Nunca más volvería en vida a contemplar el paisaje urbano de su ciudad natal, donde, según sus propias palabras, aspiraba a vivir los últimos años de su vida.
Por: Rafael Simón Jiménez (@rafaelsimonjimenezmelean)
Intelectual, historiador y político venezolano
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