Crónicas Humanas
El Libertador Simón Bolívar y su baile con el General José Laurencio Silva
En una fiesta celebrada en Potosí en 1825, Simón Bolívar protagonizó un gesto que trascendió el baile. Al invitar a José Laurencio Silva a compartir la pista, enfrentó los prejuicios sociales que habían marginado al general venezolano.
Especial. – Por: Rafael Simón Jiménez. – Uno de los ejemplos y de las lecciones más claras dadas por Bolívar en defensa de los valores y principios que profesaba no lo dio en un discurso, en una arenga o en uno de los tantos documentos salidos de su lúcida pluma, sino en un baile.
Frente a lo más granado de la sociedad de Potosí, en el Alto Perú, quiso enmendar las conductas y los prejuicios de las más bellas damas que concurrían a la fiesta convocada en su honor el 28 de octubre de 1825, en los elegantes salones de la Casa de la Moneda de esa ciudad.
Un general rechazado por las damas de Potosí
En el séquito del Libertador figuraba, en lugar distinguido, el general José Laurencio Silva, quien había nacido en la ciudad de Tinaco, Venezuela, en 1791.
Desde muy joven se había incorporado a la causa libertaria, participando en las más importantes batallas de la larga y desgarradora guerra de independencia. Luego acompañó a Bolívar en la campaña del sur y participó en los combates de Junín y Ayacucho, donde no solo logró elevarse a las más altas jerarquías militares, sino que se convirtió también en un hombre del mayor afecto y confianza del Libertador.
De origen humilde y de tez oscura, el general Silva no exhibía las condiciones físicas exigidas por las tan bellas como encopetadas damas de Potosí para ser merecedor de sus galanterías, entre las que, por supuesto, figuraba la invitación a bailar.
Por ello, sus intentos de encontrar pareja para los valses que entonaba la orquesta se vieron frustrados por la reiterada negativa de las féminas.
Bolívar observaba la escena. Sintió como ofensivo aquel desprecio que sacaba a relucir viejos prejuicios, inaceptables para él, y más aún tratándose de un auténtico héroe que se había sacrificado y que incluso había sufrido heridas en las contiendas por la independencia de Ecuador y Perú.
La lección de Bolívar en medio del baile
Bolívar interrumpió el baile y salió al salón. Fue hasta donde estaba el general Silva y lo invitó a que ambos hicieran pareja, diciéndole:
“…General José Laurencio Silva, Prócer de la independencia Americana. El Libertador se honra en bailar con tan distinguido ciudadano…”.
Lo acompasado de la pareja sorprendió a todos. Ambos dieron auténticas muestras de ser muy buenos bailarines.
Terminada la pieza musical, las mujeres de Potosí entendieron la lección y, durante el resto de la velada, las féminas se disputaron hacer pareja con el general Silva, internalizando aquel mensaje que, con un gesto inesperado e insólito, les había enviado el homenajeado y grande hombre.
La confianza del Libertador en José Laurencio Silva
La predilección de Simón Bolívar por José Laurencio Silva tendría más adelante otras manifestaciones muy claras y hasta desconcertantes.
Por ejemplo, en 1827, Bolívar obligó a su sobrina María Felicia Bolívar Tinoco, hija de su prematuramente fallecido hermano José Vicente Bolívar, a contraer matrimonio con el general Silva, a quien ni siquiera conocía. Con él tuvo una extensa familia, los Silva Bolívar.
Por su parte, José Laurencio Silva correspondió al afecto y la confianza del Libertador con una lealtad y una incondicionalidad a toda prueba.
Estuvo con él en su lecho de muerte, en Santa Marta, Colombia, en diciembre de 1830. Incluso prestó una de sus camisas para vestir el cadáver del Libertador y figuró en lugar distinguido entre sus albaceas testamentarios.
José Laurencio Silva después de Bolívar
El general Silva seguiría durante años prestando servicios a Venezuela y participaría en los vivaques y en las luchas intestinas que marcaron buena parte del siglo XIX venezolano.
Incluso llegó a participar en los primeros años de la Guerra Federal, cuando, al mando de un ejército gubernamental, logró levantar el sitio que Ezequiel Zamora había impuesto a la ciudad de Barinas.
Finalmente, retirado a la vida privada, murió en la ciudad de Valencia en febrero de 1873.
En honor a los altos servicios prestados a la República, sus restos serían trasladados, en diciembre de 1942, al Panteón Nacional, donde recibirían su eterno descanso.
Por: Rafael Simón Jiménez (@rafaelsimonjimenezmelean)
Intelectual, historiador y político venezolano
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