Crónicas Humanas
El ultimátum militar a Rómulo Gallegos
Cinco días antes del golpe militar que puso fin a su gobierno, Rómulo Gallegos recibió en el Palacio de Miraflores un ultimátum del alto mando militar. El presidente rechazó las exigencias y defendió la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil.
Un hombre de principios
Especial. – Por: Rafael Simón Jiménez. – Don Rómulo Gallegos no solo dio lustre, con su pluma y fecundidad creativa, al gentilicio venezolano, sino que, en los distintos desempeños de su vida pública, siempre sentó lecciones de principios y una moral intransigente. Dotado de un fuerte carácter, que le valió el apodo de sus discípulos en el liceo Caracas de “Chivo Arrecho”, siempre antepuso convicciones y conductas a conveniencias circunstanciales y jamás hizo concesiones indebidas en aras de ganancias o logros políticos.
La verticalidad de su vida pública y privada lo llevó al autoexilio en tiempos de la dictadura gomecista, cuando el “sátrapa de La Mulera”, atraído por la lectura de su obra Doña Bárbara, sin entender bien el retrato de sus posturas inciviles, decidió designarlo senador al Congreso por el estado Apure. Igual haría cuando, designado ministro de Educación en tiempos del general López Contreras, decidió resignar su posición antes que cohonestar las posiciones represivas contra el movimiento popular.
Del escritor al líder político
Esa ejemplaridad y sus claras posiciones democráticas lo llevaron a aceptar la postulación a la Presidencia de la República por Acción Democrática, en las elecciones de segundo grado y, por tanto, de resultados preestablecidos, realizadas en 1940, en las cuales fue electo el general Isaías Medina Angarita.
El 13 de septiembre de 1941, cuando Acción Democrática realizó su mitin fundacional en el Nuevo Circo de Caracas, Gallegos fue, junto a Rómulo Betancourt, uno de los oradores centrales de la concentración. En lo sucesivo, el maestro Gallegos ocuparía un lugar preeminente dentro de la nueva organización.
El golpe de 1945
El 18 de octubre de 1945, un golpe militar liderado por las jóvenes promociones castrenses derrocó al general Medina Angarita, interrumpiendo un proceso de transición pacífica y evolutiva cumplido en Venezuela durante los últimos diez años.
Los uniformados revelaron, al constituir una Junta de Gobierno con presencia mayoritaria de los líderes de AD, la conspiración que los había hermanado en ese propósito sedicioso y que marcaría una dinámica de confrontaciones hasta la ruptura en los próximos tres años.
Los primeros comicios libres
Una nueva Constitución, que consagró por vez primera en la historia venezolana el derecho de los ciudadanos a elegir por voto universal, directo y secreto a sus representantes, materializó una vieja aspiración colectiva.
En cumplimiento de esa disposición y dentro del clima polémico, controversial y de enfrentamientos que marcó el denominado Trienio, se celebraron el 14 de diciembre de 1947 los primeros comicios libres, en los que el ilustre novelista Rómulo Gallegos obtuvo una amplia victoria electoral, al sumar más del setenta por ciento de los votos.
Gallegos llega a la Presidencia
El nuevo mandatario tomó posesión en febrero de 1948, bajo un clima político marcado, sobre todo, por el deterioro de la relación entre civiles y militares.
Esa relación se había ido debilitando durante el ejercicio del poder por la Junta que, con mayoría de miembros de AD, encabezaba el líder de ese partido, Rómulo Betancourt.
El enfrentamiento en la prensa y en la calle, promovido por disidentes del gobierno que lo acusaban de sectarismo y abusos de poder, cobró eco en los cuarteles. Allí se produjeron conspiraciones e intentonas de jefes militares que parecían dispuestos a desplazar del gobierno a quien ahora consideraban un socio indeseado.
La tensión entre civiles y militares
Es en ese contexto de inestabilidad y amenazas castrenses en el que le tocó gobernar al presidente Gallegos. A pesar de querer marcar diferencias con la gestión anterior y mostrarse diferente a su antecesor, no logró aplacar las presiones, los reclamos y el eco en la calle de una disidencia que señalaba que era “Betancourt el que sigue gobernando” y acusaba al partido blanco de copamiento burocrático y aprovechamiento abusivo del poder.
La confianza en Delgado Chalbaud
Rómulo Gallegos confiaba ciegamente en su ministro de la Defensa, Carlos Delgado Chalbaud, con quien mantenía una vieja y fraterna relación, al punto de haber alojado al ahora militar durante sus años de exilio en Barcelona, España.
Sin embargo, su carácter y, sobre todo, sus convicciones morales lo inhabilitaban para concesiones o negociaciones indebidas. El presidente consideraba que, conforme lo mandaba la Constitución, la institución armada debía estar subordinada al mando civil y, sobre todo, preservar su carácter de obediencia y no beligerancia. Por ello, no estaba dispuesto a ceder en nada que significara declinar esos principios.
El descontento en los cuarteles
Mientras en las Fuerzas Armadas crecía el descontento, que progresivamente se agolpaba en torno a la figura de Marcos Pérez Jiménez, jefe del Estado Mayor y considerado el oficial de mayores credenciales profesionales, la crisis adquirió carácter irreversible.
Pérez Jiménez catalizaba, desde su alta instancia, toda la inconformidad y las presiones. La situación llegó a un punto crítico cuando un numeroso grupo de oficiales exigió a sus mandos superiores proceder a derrocar al gobierno, so pena de ser desbordados por las acciones.
El memorándum que era un ultimátum
Carlos Delgado Chalbaud, en su condición de ministro, buscó un equilibrio que terminaría en un doble juego y en la traición a Gallegos. Planteó a sus compañeros de armas, como paso previo a cualquier otra acción, presentar un memorándum con contenido de ultimátum al presidente Gallegos, para determinar si era posible negociar con él las exigencias de la institución armada.
19 de noviembre de 1948
La reunión entre el presidente de la República y el alto mando militar se realizó el 19 de noviembre de 1948, a las 11 de la mañana, en el Palacio de Miraflores. Asistieron los altos jefes militares y, junto al primer mandatario nacional, estuvo su secretario, el doctor Gonzalo Barrios, quien narró textualmente el desarrollo de la reunión:
“Fue Delgado Chalbaud quien extrajo de su guerrera un papel con apuntes manuscritos y, con voz vacilante, manifestó al presidente Gallegos que iba a informarle de los puntos que constituían las exigencias del Ejército:
- Expulsión del país de Rómulo Betancourt.
- Prohibición de regreso del comandante Mario Vargas.
- Remoción del comandante Gámez Arellano de la guarnición de Maracay.
- Remoción y cambios entre edecanes presidenciales.
- Desvinculación con el partido Acción Democrática”.
Las cinco exigencias militares
Leído lo que, en la práctica, era un auténtico ultimátum, el interlocutor de las demandas militares pretendió otorgar al presidente un tiempo prudencial para estudiar y considerar las exigencias expuestas. El presidente Gallegos se negó y les dijo que las iba a contestar de inmediato.
Su secretario, Gonzalo Barrios, recordó sus palabras:
“Quiero recordarles que, de acuerdo con la Constitución que he jurado cumplir y defender, los dos únicos poderes ante los cuales tengo que rendir cuentas de los actos de gobierno son, en primer término, el Congreso Nacional y, luego, el Poder Judicial, si es que contra mi persona se ha incoado juicio en forma legal…”
“No puedo ni debo aceptar imposiciones”
Y, sin dejar margen de interrupción ni dudas, el mandatario continuó con su respuesta:
“Pero, de acuerdo con esa Constitución que ustedes también han jurado cumplir, defender y hacer respetar, no puedo ni debo aceptar imposiciones ante ese organismo llamado Fuerzas Armadas Nacionales, cuyos deberes y derechos como cuerpo no deliberante los define claramente la Carta Fundamental de la República y que son precisamente los que ustedes, en estos momentos, están pretendiendo ejercer…”
Gallegos responde una por una
Con la voz ronca y pausada que lo caracterizaba, don Rómulo Gallegos pasó a dar respuesta a cada una de las exigencias de los uniformados:
“…Lo que ustedes me proponen con respecto a Betancourt es la inconsecuencia entre amigos y políticos, clásica en la historia de Venezuela y en la cual no voy a incurrir por dignidad propia; el comandante Vargas, a quien ustedes llaman Mario Ricardo, como camarada de armas y amigo íntimo que es, es un hombre honesto y patriota, gravemente enfermo en Estados Unidos, y si quisiera venir a pasar sus últimos días en la patria, no sería yo quien se lo impediría, pues en ello va también algo de mi dignidad.
En cuanto al comandante de la guarnición de Maracay, contra quien se ensañan porque lo saben leal a mi gobierno, podría ser yo quien lo removiera cuando creyera conveniente, pero no por imposiciones ni por acuerdos extraños.
Los edecanes son jóvenes militares que se sientan a mi mesa, con lo cual queda dicho que no renuncio al derecho de escogerlos personalmente.
Y en cuanto a la desvinculación de mi gobierno del partido Acción Democrática, yo sé bien lo que eso significa, conforme a la reciente experiencia del presidente del Perú. Si doy la espalda a la fuerza política que me ha apoyado y entre cuyos miembros me encuentro, ya no serán ustedes, sino el mismo policía de la puerta, quien un día cualquiera me impediría la entrada a Miraflores”.
“Ya mi suerte personal está echada”
La inmediata, inesperada y contundente respuesta del presidente Gallegos terminó con su retiro, junto con su secretario, del salón donde se efectuaba la reunión.
Antes de marcharse, advirtió a los altos mandos:
“Los dejo aquí para que tomen un acuerdo en conformidad con mi respuesta. Ya mi suerte personal está echada; la de la República queda en sus manos”.
El aparente acuerdo
Gonzalo Barrios, testigo privilegiado de la reunión, narró lo que ocurrió después:
“Pasado un rato entró Delgado Chalbaud, aparentemente muy emocionado, a las oficinas de la Secretaría y manifestó a este que ya habían llegado a un acuerdo. El Ejército respaldaba al presidente y no se mezclaría en política de ninguna manera, pero exigían que no hubiera influencia de los partidos en la selección y ascenso de oficiales.
El presidente puso fin a la conversación expresándole a Delgado Chalbaud:
‘Es lamentable que hayamos perdido todo el día en estas conversaciones, pues las conclusiones a las que se ha llegado no pueden ser objeto de compromisos personales, ya que son mandatos fundamentales de las leyes que hemos jurado cumplir y hacer cumplir’…”
“No crea en Delgado”
Cuenta el dirigente de Acción Democrática y secretario privado del presidente Gallegos que, al quedarse solos y con base en el conocimiento que había adquirido durante su exilio en París y Barcelona, España, en tiempos de Gómez, al compartir con Carlos Delgado Chalbaud, le expresó al primer mandatario:
“Presidente, no crea en Delgado. Yo lo conozco como la palma de mi mano y sé que no es una persona de fiar”.
Cinco días después
Y, en efecto, solo cinco días después de la reunión con el alto mando militar y del aparente acuerdo en torno al rechazo del memorándum con tono de ultimátum presentado, se produjo el golpe militar del 24 de noviembre de 1948.
El golpe del 24 de noviembre de 1948
El golpe frustró el primer intento de un gobierno democrático elegido libremente por el pueblo. La Junta Militar que sustituyó al maestro Gallegos estuvo presidida por su ministro de la Defensa y persona de su mayor confianza, Carlos Delgado Chalbaud.
El final de un gobierno democrático
Con ello se inició una década de terror y oprobio, durante la cual se negarían derechos y libertades a los venezolanos.
Por: Rafael Simón Jiménez (@rafaelsimonjimenezmelean)
Intelectual, historiador y político venezolano
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