Patrimonio & Ciudad
Roma: 2.778 años de sangre, mitos y el milagro de una huella eterna
Una pequeña aldea a orillas del Tíber se convirtió en el mayor imperio que el mundo conoció. Su caída fue devastadora. Su legado, sin embargo, sobrevivió al tiempo y vive hoy en las leyes que nos gobiernan, las palabras que hablamos y las ciudades donde dormimos.
Un nombre que nació del mito: ¿de dónde viene la palabra «Roma»?
Especial. – Antes del primer ladrillo, antes del primer rey, antes de cualquier ejército o senado, existió un nombre. Y ese nombre encierra en sí mismo un misterio que los historiadores aún debaten.
Plutarco y Dionisio de Halicarnaso narran la historia de una mujer troyana llamada Roma, que convenció a su pueblo de establecerse en el Lacio e imposibilitó su regreso al mar incendiando las naves. Otra hipótesis asocia el nombre «Roma» a la palabra pelasga rhome, que significa «fuerza».
Hay una tercera interpretación que hace temblar la épica fundacional: el nombre Rómulo suena sospechosamente parecido a Roma, como si los propios romanos hubieran inventado un fundador para explicar el nombre de su ciudad, y no al revés. Diferentes tradiciones orales de los pueblos itálicos se mezclaron para crear esta narrativa, y el nombre de Rómulo podría significar simplemente «el romano».
Pero el poder de Roma no nació de la certeza histórica. Nació del mito. Y ningún mito ha sido más poderoso, más sangriento ni más hermoso que el de dos gemelos abandonados en un río.
Sangre de dioses, leche de loba: la leyenda de Rómulo y Remo
Dice la leyenda que Ascanio, hijo del héroe troyano Eneas, fundó la ciudad de Alba Longa sobre la orilla derecha del río Tíber. Sobre esta ciudad latina reinaron muchos descendientes hasta llegar a Numitor y su hermano Amulio. Este destronó a Numitor y, para que no pudiera tener descendencia que le disputase el trono, condenó a su hija Rea Silvia a ser sacerdotisa de la diosa Vesta para que permaneciera virgen. A pesar de ello, Marte, el dios de la guerra, engendró en Rea Silvia a los mellizos Rómulo y Remo.
Dos niños nacidos del poder y la transgresión. Condenados a morir antes de dar su primer grito. Unos pasos vacilantes, impulsados por la obediencia debida, se dirigen hacia las crecidas aguas del Tíber para confiar a una muerte casi segura a dos niños recién nacidos.
Pero el destino tenía otros planes.
Luperca, la Loba Capitolina, fue su madre adoptiva. Amamantó a los gemelos con la ferocidad de una depredadora, y los salvó de la muerte. Cerca vivía un pastor llamado Fáustulo. El pastor los encontró, los llevó a su casa y los adoptó.
La historiadora Mary Beard señaló que la elección de la loba no es accidental. El hecho de que fueran rescatados por una feroz depredadora revelaba el destino de los gemelos. Una vaca o una oveja habría contado una historia muy diferente. Roma no iba a ser una ciudad mansa. Roma iba a devorar el mundo.
Existe, además, una interpretación que desafía toda la épica del mito. En latín, «lupa» significaba tanto loba como prostituta. Tal vez la famosa loba que amamantó a los gemelos fue, en realidad, una mujer que se dedicaba a vender su cuerpo, y con el tiempo la historia se embelleció hasta convertirse en el mito que conocemos.
Sea loba o mujer, lo cierto es que la historia sobrevivió tres mil años. Eso solo puede significar que toca algo profundo en la condición humana: la idea de que los grandes son forjados en el abandono, en el dolor, en la nada.
El primer fratricidio: una ciudad fundada con sangre
Los gemelos crecieron, derrocaron al tirano Amulio y devolvieron el trono a su abuelo. Pero tenían hambre de algo más. Querían construir una ciudad propia. Y ahí comenzó la tragedia.
Rómulo y Remo discutieron sobre el lugar en el que fundar la ciudad y decidieron consultar el vuelo de las aves, a la manera etrusca. Rómulo vio doce buitres volando sobre el Palatino y Remo solo divisó seis en otra de las colinas. Entonces Rómulo, para delimitar la nueva ciudad, trazó un recuadro con un arado en lo alto del monte Palatino y juró que mataría a quien osase traspasarlo. Remo le desobedeció y cruzó con desprecio la línea, por lo que su hermano le mató y quedó como el único y primer rey de Roma.
El fratricidio sella la fundación de Roma con sangre, instaurando una idea: el deber hacia la ciudad y el orden supera los lazos personales. Desde sus orígenes, Roma se concibe a sí misma como un proyecto colectivo que exige sacrificios personales, incluso los más dolorosos.
La fecha exacta que los romanos establecieron para ese momento fundacional fue el 21 de abril del 753 antes de Cristo. Cada 21 de abril, Roma se viste de fiesta. El Natalis Romae no es solo una fecha en el calendario; es el día en que los romanos recuerdan quiénes son y de dónde vienen. Las calles se llenan de recreaciones históricas y ceremonias que evocan los antiguos rituales.
Una ciudad nacida del fratricidio. Una ciudad nacida de la sangre del hermano. Quizás por eso Roma nunca dejó de expandirse: como si correr hacia afuera fuera la única manera de huir del crimen del origen.
De aldea a potencia: la Monarquía y los siete reyes
Las pruebas arqueológicas nos dicen que los orígenes reales de Roma fueron menos dramáticos. Los primeros romanos eran agricultores y pastores latinos que vivían en pequeñas cabañas en las colinas del Esquilino y el Palatino.
Pero esa humilde aldea de pastores y fugitivos comenzó a crecer con una velocidad que nadie predijo.
Bajo los reyes etruscos, Roma pasó de ser una serie de aldeas a una ciudad propiamente dicha. Los etruscos drenaron las marismas que rodeaban la ciudad, construyeron alcantarillas subterráneas y trazaron carreteras y puentes. Establecieron el mercado de ganado, el Forum Boarium, así como el Foro Romano, el mercado central y lugar de reunión que se convirtió en el corazón del Imperio.
La era de los reyes romanos terminó en el 509 a.C., cuando los romanos expulsaron al último rey etrusco, L. Tarquinius Superbus, en otro acontecimiento mitificado. Con ese destierro nació algo que cambiaría la historia política de la humanidad para siempre.
La República: cuando el pueblo tomó el poder
El experimento que Roma inició en el 509 antes de Cristo fue, en su momento, tan radical como cualquier revolución moderna. Un pueblo que expulsaba a su rey y decidía gobernarse a sí mismo. No completamente, por supuesto: era una oligarquía de patricios, no una democracia en el sentido contemporáneo. Pero fue el primer sistema institucional de equilibrio de poderes que el mundo occidental conoció.
Rómulo había creado el Senado, compuesto por cien jefes de familias nobles que fungían como consejo consultivo. Esta asamblea sentaba las bases de lo que sería la oligarquía senatorial de la República.
Durante casi cinco siglos, la República romana convirtió a Roma en la potencia dominante del Mediterráneo. Derrotó a Cartago en las guerras púnicas. Sometió a Grecia. Llegó hasta las costas del norte de África y de Asia Menor. Y, en ese proceso, absorbió todo lo que encontró: el arte griego, la filosofía helenística, las técnicas de construcción, los dioses ajenos.
El poder que Roma demostraba en el campo de batalla era tan grande como el que ejercía en la cultura. Y esa capacidad de absorber y transformar lo que conquistaba fue, quizás, el secreto más profundo de su grandeza.
Pero los imperios creados por hombres también mueren por hombres. Y el siglo I antes de Cristo fue el escenario del ocaso de la República y del ascenso de algo que cambiaría el mundo.
Julio César: el hombre que rompió la República
El 15 de marzo del 44 antes de Cristo, en el interior del Teatro de Pompeyo, 23 puñaladas acabaron con la vida del hombre más poderoso de Roma. Julio César cayó muerto entre sus senadores. Sus asesinos creyeron haber salvado a la República. En realidad, la habían matado.
César no fue solo un general. Fue el puente entre dos eras. Conquistó la Galia, cruzó el Rubicón desafiando al Senado, se convirtió en dictador perpetuo y reformó el calendario que aún hoy usamos en el mundo occidental. Su muerte no restableció la República. Encendió una guerra civil que terminó con el poder en manos de un solo hombre.
Augusto y el Imperio: la Pax Romana que cambió la historia
Augusto, sobrino y adoptado de Julio César, emergió como el líder supremo, consolidando su poder a través de una serie de reformas y maniobras políticas. En el año 27 a.C., recibió el título de imperator y pontifex maximus, marcando el nacimiento formal del Imperio Romano.
Lo que vino después fue, durante dos siglos, el período de mayor estabilidad que el mundo mediterráneo jamás había conocido. La Pax Romana se caracterizó por la estabilidad política, la seguridad y el florecimiento económico. Las infraestructuras del Imperio se expandieron enormemente, incluyendo carreteras, acueductos, puentes y edificios públicos. El arte y la arquitectura romanas alcanzaron su apogeo, con obras maestras como el Panteón y los foros romanos.
En su apogeo, el Imperio Romano controló un territorio que abarcaba desde el océano Atlántico al oeste hasta las orillas del mar Caspio al este, y desde el desierto del Sahara al sur hasta las orillas del Rin y el Danubio al norte.
Un solo gobierno. Un solo idioma oficial. Una sola red de carreteras que conectaba todo. Un correo imperial que funcionaba. Un ejército que garantizaba la seguridad. Un sistema de acueductos que llevaba agua limpia a millones de personas. Roma no solo conquistó el mundo: lo organizó.
Y esa organización dejó una huella tan profunda que aún hoy, casi 1.600 años después de la caída del Imperio, seguimos viviendo dentro de sus estructuras.
La herencia invisible: Roma vive en nosotros cada día
Aquí está el dato que debería dejar sin palabras a cualquier lector: usted habla latín sin saberlo.
El latín es la base originaria de importantes lenguas modernas. El catalán, el gallego, el castellano, el italiano, el rumano, el francés, el portugués y más de una docena de otras lenguas europeas constituyen la base dialectal del latín, que se convirtió en lenguas romances y se esparcieron por todo el mundo.
Cuando usted dice «amor», «libertad», «nación», «ley», «justicia» o «república», pronuncia palabras que nacieron en las orillas del Tíber hace más de dos milenios.
El derecho romano es el conjunto de principios y sistemas legales que regían el antiguo Imperio Romano y ha impactado significativamente las leyes modernas de muchas naciones. La presunción de inocencia, el concepto de propiedad privada, el derecho a la defensa, el contrato escrito: todo eso viene de Roma.
Los romanos perfeccionaron el uso del arco, la bóveda y la cúpula, lo que les permitió construir estructuras de gran tamaño y resistencia. El uso del hormigón revolucionó la ingeniería, permitiendo edificaciones duraderas y monumentales. La influencia de su diseño arquitectónico se refleja en edificios modernos, desde parlamentos hasta museos y estadios deportivos.
Piense en el Capitolio de Washington, en el Congreso argentino, en cualquier edificio gubernamental del mundo con columnas y una cúpula. Todos son hijos de Roma.
Y no solo la arquitectura o el lenguaje. El calendario que marca los días de su vida, la semana de siete días, los nombres de los meses: julio por Julio César, agosto por Augusto, el sistema numérico que usamos en matemáticas… todo tiene ADN romano.
La caída: el mayor enigma de la historia
La caída del Imperio Romano es una de las cuestiones más debatidas y estudiadas de la historia. Es considerada por algunos como «el mayor enigma de todos». La ruina de la «Roma eterna» ha perdurado como el paradigma por excelencia del agotamiento y muerte de las civilizaciones.
El proceso fue lento. No fue un colapso instantáneo sino una agonía de siglos. A partir del siglo III d.C., el Imperio Romano comenzó a experimentar un período de declive. Las presiones externas, como las invasiones de los godos, los vándalos y otros pueblos bárbaros, junto con las divisiones internas y la inestabilidad política, debilitaron al Imperio. La corrupción, la ineficiencia administrativa y la crisis económica también contribuyeron al declive.
El Imperio se dividió en dos, con una capital que permanecía en Roma y otra en el este, en Nicomedia; la capital del este sería trasladada a Constantinopla por el emperador Constantino. El Senado sería ignorado en su mayoría; en cambio, el poder se centró en un ejército fuerte. Algunos emperadores nunca pusieron un pie en Roma.
En el año 410 d.C., Roma vivió uno de los momentos más devastadores de su historia. Alarico, el rey de los visigodos, lideró a su pueblo a través de las debilitadas defensas romanas y saqueó la ciudad. Aunque Roma no cayó de inmediato, este ataque reveló la fragilidad del Imperio.
El golpe final llegó casi setenta años después. En el año 476 d.C., Odoacro, un general germano que había servido en las filas romanas, tomó el control del Imperio Romano de Occidente. Derrocó al último emperador, Rómulo Augústulo, un joven que apenas tenía autoridad real, y envió las insignias imperiales a Constantinopla. Odoacro no se proclamó emperador, pero se convirtió en el rey de Italia, marcando el fin del dominio romano en Occidente.
El historiador inglés Edward Gibbon reflexionó que la decadencia de Roma fue la consecuencia natural e inevitable de su inmoderada grandeza. La prosperidad propició el comienzo del deterioro. Las causas de la destrucción se multiplicaron con la extensión de las conquistas.
Un Imperio que cayó porque creció demasiado. Una lección que el mundo ha tenido que aprender una y otra vez sin nunca aprenderla del todo.
La otra Roma que sobrevivió: Bizancio y el Papado
El Imperio Romano no murió en el año 476. Murió a medias.
La mitad oriental, la que eventualmente se llamaría el Imperio Bizantino, continuaría durante varios siglos y, en muchos sentidos, conservaría una identidad romana única. Constantinopla, la nueva Roma, sobrevivió casi mil años más, hasta 1453, cuando los turcos otomanos conquistaron la ciudad.
Y mientras el poder político se desmoronaba, otro tipo de poder llenaba el vacío: la Iglesia Católica. El Papa heredó el título de Pontifex Maximus que antes portaba el Emperador. Roma se convirtió en la capital espiritual del mundo cristiano. Y a través del Papado, la ciudad siguió ejerciendo un poder global que ningún ejército bárbaro pudo destruir.
Roma hoy: la ciudad que no puede morir
Roma es una de las ciudades más antiguas y emblemáticas de Europa. Conocida como la «Ciudad Eterna», es un lugar lleno de historia, cultura y arte. Actualmente, en el año 2026, se ha convertido en uno de los destinos turísticos más populares del mundo. Su población alcanza aproximadamente 2,8 millones de habitantes dentro de la ciudad, y más de 4,2 millones en el área metropolitana.
Pero los números que más hablan no son los de sus residentes, sino los de sus visitantes. El año pasado, un récord de 35 millones de personas acudieron a la Ciudad Eterna. En 2024, la ciudad registró 51,4 millones de pernoctaciones y 22,2 millones de llegadas internacionales.
En 2025, Roma ocupó el puesto 4 entre las ciudades más populares del mundo para los viajeros. Es la séptima ciudad más visitada del planeta, y sus monumentos siguen siendo el imán más poderoso de Europa.
El Coliseo, ese anfiteatro donde los gladiadores derramaron sangre frente a multitudes que gritaban, recibe hoy millones de turistas que sacan fotografías y compran helados afuera. El Foro Romano, donde Julio César fue asesinado y Cicerón pronunció sus discursos, hoy es un parque arqueológico lleno de gatos callejeros y estudiantes universitarios. La Fontana de Trevi, construida sobre los acueductos romanos más antiguos, tiene una lista de espera para acercarse.
Pero Roma no es solo un museo al aire libre. Es también el hogar de una paradoja del siglo XXI.
Los alquileres a corto plazo en la capital italiana aumentaron un 37,3 por ciento en 2023, lo que la convierte en la segunda ciudad más cara de Europa en ese rubro después de París. El turismo masivo amenaza con vaciar el centro histórico de sus habitantes originales. El número de alojamientos turísticos en Roma ha pasado de 17.000 en 2021 a más de 40.000 en la actualidad, muchos de ellos en el centro histórico.
Una ciudad que sobrevivió a las hordas bárbaras, al saqueo de los visigodos, a la peste y a dos guerras mundiales, ahora enfrenta su enemigo más peculiar: el turismo descontrolado.
Y sin embargo, Roma resiste. Roma siempre resiste.
En 2025, el Jubileo Católico convirtió a la ciudad en el epicentro espiritual del mundo. La muerte del papa Francisco y el inicio del pontificado de León XIV han hecho de Roma el centro de un flujo creciente de peregrinos y turistas de todo el mundo, que buscan no solo revivir la experiencia espiritual del Año Santo, sino también adentrarse en una ciudad vibrante de historia y tradiciones.
El secreto de la inmortalidad romana
¿Por qué Roma? ¿Por qué esa pequeña aldea de pastores y fugitivos a orillas del Tíber y no otra ciudad, otro pueblo, otro imperio?
La respuesta no está en sus ejércitos, aunque fueron los más poderosos de su tiempo. No está en su arquitectura, aunque nadie ha construido cosas más duraderas. La respuesta está en una idea que Roma puso en el mundo y que aún hoy gobierna las naciones: la idea de que el poder debe rendir cuentas, de que las leyes están por encima de los hombres, de que la civilización es un proyecto colectivo que vale más que cualquier individuo.
Roma cometió crímenes enormes. Esclavizó a millones. Asesinó por entretenimiento. Aplastó culturas enteras. Pero también construyó el primer sistema de derecho universal, la primera red de infraestructura continental, la primera noción de ciudadanía que trascendía la tribu o el clan.
Roma sigue viva no por sus legiones, sino por su influencia en el pensamiento, la cultura y la estructura del mundo moderno. Los imperios caen, pero las ideas sobreviven. En ese sentido, Roma nunca murió. Solo cambió de forma, adaptándose al curso eterno de la historia humana.
La próxima vez que usted firme un contrato, que vote en una elección, que pronuncie las palabras «justicia» o «república», que admire la cúpula de un parlamento o que diga «amor» en cualquier lengua romance, recuerde: está hablando latín. Está pensando romano.
Y eso, veintiún siglos después, es el mayor milagro de la historia humana.
Fuentes: National Geographic Historia, Wikipedia Enciclopedia Libre, Cultura Genial, Infobae Historias, Enciclopedia Mundial de Historia (World History Encyclopedia), Euronews, Tito Livio — Ab Urbe Condita, Plutarco — Vidas Paralelas, Agencia Nova Italia.
✍️ Daxy Oropeza | @daxyoropeza
Fotos de Ramon A. Castellanos O. @ramon_castellanos
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