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Opinión

Del Estado chavomadurista, inmoral y fallido (II)

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Del Estado chavomadurista, inmoral y fallido (II)

“La libertad es la única cosa que tiene verdad en el espíritu»…. “Podría decirse que el Estado es el fin y los ciudadanos son sus instrumentos. Sin embargo, esta relación de fin y medio no es aquí la adecuada, pues el Estado no es una abstracción que se oponga a los ciudadanos, sino que estos son elementos, en los cuales, como en la vida orgánica, ningún miembro es fin ni medio” (Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Madrid, España, Alianza. 1989).

La semana pasada dediqué una primera parte a recordar un debate siempre abierto e inacabado, sobre aspectos que conciernen a la naturaleza del Estado e igualmente resalté otro hecho recurrente: el cuestionamiento que se le imputa, sobre su propensión a desviarse como resultado del arribo y derivación del poder de turno que, a menudo, compromete el bien más preciado, que es la libertad del destinatario.

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Acotamos ahora que se agudizan otras demandas siempre insatisfechas que las mayorías suelen hacerle al Estado y que pudieran no ser tan razonables o quizá, en frecuentes situaciones, abusivas. Me refiero a una predisposición dominante, por cierto, y muy expandida en el orbe que espera y exige más prestaciones del ente, de lo que el susodicho pudiera dar o, paralelamente; reclamarle, con buenas razones, pero no impretermitibles, que no acomete eficientemente sus tareas y no proporciona confiabilidad.

Anotamos finalmente que los sistemas políticos y la forma de gobierno del pueblo que denominamos democracia, a menudo, puesta a prueba, no ofrecía tampoco satisfacción plena y por el contrario, van engendrando un sentimiento de frustración que atendiendo lo inmediato, lo más visible, lo necesario, en amont, dejaba de cuidar y salvaguardar otros parámetros y referentes sistémicos que se convertían a la postre, en aval, en falencias graves que imposibilitaban al sistema funcionar, conduciendo a una crisis cuasi permanente.

De otro lado, connotamos a lo afirmado un trance complejo en curso, una suerte de fenómeno que inficiona la racionalidad, individualizando la perspectiva de los derechos humanos y ciudadanos; relativizando los deberes concomitantemente, enervando, el proceso de concienciación colectiva, sesgándolo además, por el reflejo intenso de los giros estridentes del cada cual, del cada uno, desconociéndose entonces aquellos de la comunidad, de la humanidad incluso, que parecían después de la Segunda Guerra Mundial ser asumidos como comprensibles dogmas.

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En ese teatro reaparece, si acaso alguna vez se fue, el populismo, la demagogia, el cinismo, suturados al discurso del liderazgo que, entre otros contenidos, se exhibe con afanes miméticos en el denominado entorno de la democracia, que dicho sea de pasada es crudamente, impunemente irresponsable.

Si damos por bueno que el Estado es una creación de los hombres para su seguridad y progreso, un ser normativo que se funda en la aquiescencia de la sociedad a la que sirve, eventualmente también debemos asumir que las revoluciones que emergieron, crearon o transformaron a los Estados, sin excepción, adujeron un llamado de conciencia y un alegato de moralización.

En la búsqueda del virtuosismo que Hegel emprende desde muy joven, además, llegará a sostener en sus escritos lo que llamaré yo sin ser especialista, ni remotamente, el orden de la eticidad, entronizado en el espíritu y la conciencia, la familia y la libertad como ejercicio de la responsabilidad. El Estado será entonces dotado de una impronta moral además de la jurídica, lo cual no impide sino favorece la libertad de uno en la libertad de todos.

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Venezuela y su historia reciente merecen ser examinadas, auscultadas, ponderadas, sobre esas bazas y desde allí hacer un diagnóstico de sus patologías y de los tratamientos sanatorios, si así se puede decir y perdónenme esa licencia.

¿Qué le pasa al ciudadano venezolano? ¿El Estado venezolano es responsable, sus instituciones lo son? ¿Acaso es el conductor quien debe ser puesto en el banquillo de los reos acusados? ¿Y el pueblo, es también culpable del grosero fracaso que nos está lisiando como nación? Estas son preguntas a las que debemos acordar consideración y respuesta.

Ab initio, advertiremos que el ciudadano en Venezuela se ausentó, se alejó de la cosa pública. La diáspora no puede ser vista solamente como esa parte de la patria que se vio compelida por la pobreza y el marasmo nulificante que nos acecha y despoja de la necesaria empatía propia de la vinculación política, social, económica y cultural. El coterráneo perdió la fe y el arraigo como resultado del descalabro, del colapso de la república. Sintió que de eso que emergía con la revolución de todos los fracasos, él ya no era parte.

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El contingente que no se fue físicamente, fue repetidamente inficionado; patológicamente, por las tensiones cotidianas que lo capturaron en cuerpo y alma. El criollo devino muy menesteroso y entonces, dedica su energía a la supervivencia y justifica su crisis anómica, en esa condición. Está poseso de los demonios que le secuestran su brío y su conciencia comunitaria. Perdió su libertad o hace como si no la tuviera al alcance de su decisión. Titubea ante las exigencias de la dignidad. Padece silencioso, irresoluto, desesperanzado. Algunos son como zombis, están dañados en su ser profundo.

Hay momentos en que los pueblos fallan. Hurgando en mis archivos encontré notas en unas fichas sobre el libro de Mario Briceño Iragorry, Mensajes sin destino, que tenía guardadas, además de un artículo publicado en el diario El Universal del 30 de diciembre de 2019, firmado por el historiador Reinaldo Rojas y del cual citaré dos fragmentos pero merece ser leído todo:

“Tenemos que ahondar en nuestra cultura política, en nuestra visión de Estado, porque si algo nos viene afectando a los venezolanos es la falta de responsabilidad frente a los asuntos públicos y la gran debilidad de las instituciones frente al poder gubernamental. Hay un déficit de ciudadanía activa, base de cualquier proyecto de cambio democrático. El problema no es nuevo.

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«En su Mensaje sin destino (1951), Mario Briceño Iragorry trae a colación el concepto de ‘quiebre de la cultura’ que Arturo Uslar Pietri había planteado en aquellos años para caracterizar el paso de una Venezuela agraria, pobre y fundada en el trabajo, a una Venezuela minera y rica, con una falsa prosperidad levantada sobre el consumo de la renta petrolera. Un poco más atrás, en 1937, tras la muerte de Gómez, el presidente Eleazar López Contreras señalaba que Venezuela sufría una ‘crisis de hombres’, en el sentido de que el país requería no solo de capacidades profesionales para gobernar sino de responsabilidad ciudadana para dirigir un país rico en recursos naturales, pero socialmente empobrecido».

La falsa revolución que trajo de nuevo y en mala hora todas las lacras y las taras que aún persisten en la consciencia histórica, como un trazo de nuestro fenotipo e idiosincrasia, vino a asesinar a la república y a metamorfosearla, como tal vez diría el mismísimo Kafka. Ya no hay república.

El país que recibió el chavomadurismo, militarismo, ideologismo, mutó hacia el facissocialismo y se convirtió en antisocial y criminal. El mando sin escrúpulos lo degeneró; se hizo cínico, falaz, embustero, ruin.

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Hay que observar y digan lo que digan, con sus versiones manipuladas de la historia, que el país se adecentó en las cuatro décadas que precedieron el regreso del militarismo disfrazado de revolución redentora. La democracia hizo bastante por civilizarnos y construirnos a manera de ciudadanía, pero no tanto como se debió.

Las instituciones del Estado cedieron obnubiladas por el miedo y las mentiras de un liderazgo que, cual parto de los montes, alumbró un desastre, ostentoso, empalagoso, corrompido que irradió de sus tonos dorados el dispendio, el despilfarro, el baltasariano gobierno de la ignorancia que fue secándolo, tumorándole la médula macroeconómicamente y lo dejó inerme, incapaz, inepto, yermo, en ruinas.

En el cataclismo se anuló la justicia, el Estado de Derecho, la solidaridad y nos deja solo hambre, destierro voluntario pero forzado, sin embargo; dramáticamente pobres, perdedores, desvergonzados.

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La desfiguración es el resultado y la evidencia de la depredación que Luis Castro Leiva anticipó al otear con genio el porvenir y nos lo anunció el 23 de enero de 1998, en su discurso al Congreso de la República de Venezuela, pero que el pueblo no escuchó.

La perorata vindicativa, el apetito punitivo y una promesa de ejercicio de poder sin control, persuadió más que la seriedad, la sobriedad y la verdad de aquella arenga del ciudadano, docente e intelectual. Volvimos a Casas muertas de Miguel Otero Silva, como Castro Leiva intuyó y nos advirtió.

El legado está a la vista. El país con más penuria social, económica, institucional, espiritual del continente tiene como Estado a un emporio de deshonestos e inmorales. No los buscamos, vienen a nosotros en cada instante de nuestras vidas. En muchas oficinas públicas, estaciones de policía, tribunales, aduanas, mesas de negociación y universidades sesgadas. La inmanencia misma fatalmente oscura.

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Concluyo sin falso optimismo, pero sí con una convicción: otra vez está planteado y como nunca quizás, cambiar las cosas de raíz. Descubrirle a los apáticos y resignados la ciudadanía, la soberanía, la libertad y asumir que no debe haber para nosotros una razón más importante que esa, si estamos dispuestos a justificarnos ante la historia o, más bien, parecer ante ella como los supinos e intrascendentes que hemos sido hasta ahora.

nchittylaroche@hotmail.com

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