GRANDES REPORTAJES
Tenga cuidado, doctor, que la carne de cura indigesta
En 1957, la dictadura de Marco Pérez Jiménez enfrentó un golpe devastador tras la denuncia de la Iglesia Católica sobre la situación social en Venezuela. La carta pastoral de Monseñor Rafael Arias Blanco desencadenó una crisis que impactó al régimen militar, desatando la confrontación con la iglesia.
Por: Rafael Simón Jiménez.- A comienzos de 1957, ni el más perspicaz analista político se habría atrevido a presagiar que ese sería el último año de la dictadura de Marco Pérez Jiménez. El régimen militar que oprimía con mano férrea a Venezuela desde el 24 de noviembre de 1948 entraba en su noveno año de gestión, mostrando fortalezas que auguraban un horizonte de poder imposible de limitar. Tenía las arcas públicas repletas de dinero luego de haber negociado el año anterior las nuevas concesiones petroleras; la oposición política se mostraba, luego de duros golpes represivos, casi imperceptible, y las realizaciones materiales de la dictadura le otorgaban reconocimiento dentro y fuera del país.
No pensaba el dictador y sus acólitos que aquel panorama ideal para la continuidad del régimen se vería empañado en el mes de mayo de 1957, cuando la prestigiosa e influyente iglesia católica, con la que había mantenido cordiales relaciones, pondría en circulación desde los altares y pulpitos de los templos, y en toda la extensión de su feligresía, una pastoral suscrita por Monseñor Rafael Arias Blanco, arzobispo de Caracas, quien, con cifras y variedad de razones, se encargaba de denunciar la situación deplorable en que vivían los sectores pobres y trabajadores de la población, cuya realidad se escondía tras la propaganda oficial que exaltaba las obras públicas construidas por el gobierno.
La carta pastoral, cuyos fundamentos llevaban largos meses macerándose en el acopio de la realidad y la situación de la masa laboral del país, sometida a salarios de hambre y condiciones de trabajo precario, cayó como un balde de agua fría a un régimen que desde hace años no tenía la altisonancia de un mensaje que fuera capaz de confrontarlo, y peor aún, viniendo de un sector de tanto arraigo en Venezuela, y con el que la dictadura consideraba que no existían razones de desavenencia.
Pérez Jiménez, sorprendido y enfurecido por el mensaje difundido profusamente entre la grey católica y la ciudadanía, reacciona con la prepotencia y la arrogancia de todos los de su calaña, ordenándole a su ministro de Relaciones Interiores, Laureano Vallenilla Planchart, citar al arzobispo y exigirle explicaciones sobre su carta pastoral. El ministro de policía cumple a pie juntillas la orden y comienza por humillar al alto prelado, obligándolo a permanecer por largo tiempo en la antesala de su despacho, en lo que hoy es el ala norte del palacio federal legislativo.
Monseñor Arias Blanco, lejos de amedrentarse, le señala al ministro que su mensaje solo tiene fines religiosos, y que la iglesia tiene un deber de asistencia y protección hacia sus fieles más débiles. El ministro replica con amenazas, señalándole que el general Pérez estaba seguro de que ese mensaje tenía otros fines, y que estarían vigilantes con las actividades cumplidas por párrocos y curas de las comunidades obreras.
Al poco tiempo, la confrontación y ruptura entre el régimen militar y la Iglesia Católica se hace pública e irreversible, cuando desde los editoriales del diario oficioso EL HERALDO, propiedad del propio ministro del interior, este, en editoriales diarios que calzan con las iniciales R.H., emprende una embestida contra la iglesia que encuentra réplica en el diario católico LA RELIGIÓN, donde Monseñor Hernández Chapellín, director del vocero de la iglesia, le replica en duros términos, lo que le merecerá un llamado al ministerio del interior, donde, frente al desafío de Vallenilla, el sacerdote le contesta que él solo teme a Dios y que el régimen militar cuenta con repudio colectivo, lo que de nuevo le merece advertencias y reprimendas del arrogante funcionario.
La confrontación y ruptura con la Iglesia Católica marcaría para la dictadura un hito en su descomposición, decadencia y liquidación. El propio Vallenilla Lanz, en su libro testimonio Escrito de Memoria, incorpora sus reflexiones sobre las consecuencias de esa disputa, al aseverar que la posición de la iglesia debía obedecer a juicios sobre la inviabilidad de la continuidad de la tiranía. Él mismo afirma que la “iglesia es santa y eterna y que jamás se asocia a causas perdidas”.
También señala el ministro del interior de Pérez Jiménez que cuando empezaron las medidas de intimidación y represión contra sacerdotes que él tenía que implementar, una noche se apareció una señora vecina y amiga en su mansión de la “muda”, ubicada en los Chorros, y allí le dijo, con tono de advertencia: “… Tenga cuidado doctor recuerde que la carne de cura indigesta“.
Solo siete meses después del 1º de mayo de 1957, cuando la pastoral de Monseñor Arias Blanco conmovió a la dictadura y a la ciudadanía, en su requisitoria sobre la situación económica y social que vivían los venezolanos bajo aquel régimen que pregonaba ser de progreso y bienestar para los venezolanos, caía la tiranía. En su exilio dorado parisino, el ministro Vallenilla Planchart, al escribir sus memorias, recordaba aquella premonitoria advertencia de su vecina que lo alertó sobre los peligros que implicaban meterse con los curas.
*Por: Rafael Simón Jiménez @rafaelsimonjimenezm. Intelectual, historiador y político venezolano
