Crónicas Humanas
La terrible rotunda
La Rotunda no fue solo una prisión: fue un mecanismo de terror político que durante casi un siglo funcionó como antesala de la muerte para miles de venezolanos perseguidos por el poder.
Por: Rafael Simón Jiménez. – Entre las prisiones más tenebrosas que han existido en la historia venezolana destaca La Rotunda como símbolo de terror y oprobio que, a pesar de asociarse al período de la tiranía de Juan Vicente Gómez, cubre un lapso de 96 años que van desde el decreto de su construcción en 1840 hasta su demolición luego de la muerte del dictador en 1936.
La memoria de Pocaterra
José Rafael Pocaterra, distinguido ensayista, novelista, cuentista y panfletario, amén de consecuente luchador contra la prolongada autocracia gomecista, la inmortalizó en su obra Memorias de un venezolano de la decadencia, donde retrata con extremo realismo toda la crueldad y sevicia de los carceleros, dirigidos por el tristemente célebre Nereo Pacheco, director de aquel antro de tortura y suplicio permanente, donde los enemigos del tirano eran sometidos a su amenaza de tener para ellos “la muerte con agujita y grillos de sesenta libras”.
Una arquitectura para vigilar
Ubicada en lo que para entonces era el extremo sur de Caracas, y que hoy ocupa la céntrica Plaza de la Concordia, la concepción arquitectónica bajo la cual se construyó copiaba el famoso panóptico de Jeremías Bentham, es decir, una disposición circular donde los carceleros podían, desde el centro, vigilar permanentemente a sus presas sin perderlas de vista ni un solo momento. El recinto carcelario, cuya construcción duró diez años, fue finalmente habilitado en tiempos del decenio de los hermanos Monagas.
Del proyecto humanitario al instrumento de represión
A pesar de que inicialmente la edificación penitenciaria fue concebida para mejorar las condiciones de reclusión de los presos de Caracas, pronto devino en símbolo de terror y de violación de todos los derechos humanos, convirtiéndose en ícono para la amenaza y la disuasión de los enemigos políticos de los distintos gobiernos que se sucedieron en el convulso siglo XIX, que veían en esta terrible ergástula algo más que la antesala de la muerte.
La brutalidad del régimen
Pero será, sin duda, durante los 35 años de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez cuando el horrible recinto carcelario adquiera mayor notoriedad, al hacerse más brutales y primitivos los métodos de suplicio y tortura a los presos, que van desde los grillos en los pies —que mantienen al detenido prácticamente inutilizado y cuyo peso depende del rigor del castigo— hasta el vidrio molido que se les suministraba en la asquerosa y mezquina ración diaria para producir perforaciones en los intestinos. Existen calabozos denominados “El Olvido”, donde los presos son dejados morir a mengua, y otros destinados a quienes, enloquecidos por el hambre y los tormentos, caen en la demencia.
Presos sin juicio ni plazo
Los enemigos de Castro y Gómez eran enterrados en este terrible centro de reclusión sin juicio ni plazos predeterminados, dependiendo luego de las gestiones de familiares, amigos o relacionados cercanos a los tiranos para que estos extendieran o redujeran el plazo de reclusión o el trato que debían recibir, para lo cual giraban instrucciones directas a los carceleros. En La Rotunda mueren decenas de presos: generales, curas, intelectuales, obreros y jóvenes militares involucrados en la frustrada conspiración militar de 1919. Existen quienes tienen el decanato entre los prisioneros: el general Román Delgado Chalbaud, sometido durante 14 años a inenarrables padecimientos, y el general Márquez Cairos, acusado de participar en un complot para asesinar a Gómez.
La amnistía y la reapertura
En 1927, las gestiones del bondadoso ministro de Relaciones Interiores, Francisco Baptista Galindo, logran ablandar el ánimo del implacable dictador, obteniendo una amnistía general que abarca a Delgado Chalbaud y permite vaciar La Rotunda y cerrar el centro de castigo, convirtiéndolo en depósito de materiales de obras públicas. Sin embargo, los sucesos estudiantiles y militares de 1928, así como la extraña muerte del ministro Baptista Galindo, determinaron la reapertura de la terrible prisión, que nuevamente, en la etapa final de la dictadura, se convertiría en símbolo de padecimientos y degradación humana.
El fin de La Rotunda
A la muerte de Gómez, el 20 de diciembre de 1935, por orden del nuevo gobierno encabezado por el general Eleazar López Contreras, se ordenó la excarcelación de los últimos inquilinos del terrible recinto, y el 2 de enero de 1936 apareció en la Gaceta Oficial el decreto de demolición del antro, símbolo de un tiempo de barbarie y primitivismo cruel, que se materializó en abril de ese mismo año, luego de servir de reclusorio provisional a detenidos por los sucesos de enero y febrero. Terminaban así 96 años de sevicia y sadismo puestos al servicio de las más aberrantes tiranías.
Por: Rafael Simón Jiménez (@rafaelsimonjimenezmelean)
Intelectual, historiador y político venezolano
Foto cortesía
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