GRANDES REPORTAJES
De la rotunda a la isla del Burro
A lo largo de la historia venezolana, las cárceles emblemáticas han sido escenarios de represión y resistencia, simbolizando los vaivenes del poder y la lucha por la libertad.
Por: Rafael Simón Jiménez.- En cada tiempo histórico venezolano, el régimen que ejerce el poder dispone de los mecanismos represivos y de coerción, a través de los cuales administra el llamado monopolio de la violencia legítima del Estado, generalmente utilizado para perseguir o reducir a sus opositores. Una policía política y uno o varios centros emblemáticos de reclusión carcelaria son íconos de cada uno de los gobiernos que han existido en nuestro accidentado devenir.
En tiempos de la Colonia, las bóvedas del castillo de La Guaira serán el símbolo de la represión; por ellas pasarán prisioneros distinguidos, incluso de la península, como los involucrados en la llamada conspiración de San Blas que, al ser remitidos a las mazmorras del litoral venezolano, lograron colar por los intersticios de las complicidades penitenciarias textos e ideas liberales que nutrirán la conspiración de Gual y España.
Más tarde, y mientras es remitido a su reclusorio definitivo en el llamado Arsenal de la Carraca, en España, el precursor de la independencia venezolana y americana, Francisco de Miranda, rumió en esta ergástula sus frustraciones al ser entregado a Monteverde por unos jóvenes mantuanos alebrestados que habían servido a sus órdenes, encabezados por el coronel Simón Bolívar. Más tarde, en 1814, en pleno apogeo de la guerra a muerte, la vieja fortaleza colonial, desdoblada en penitenciaría, será testigo de una horrible carnicería cuando se ordena ejecutar a lanzazos a más de 800 presos peninsulares y canarios recluidos en sus calabozos.
En todo el periodo histórico que comienza en la quinta década del siglo XIX y que se prolongará hasta diciembre de 1935, la cárcel de la Rotunda pasará a ser el símbolo del terror; comenzada a edificar en tiempos del decenio monaguista, por sus siniestros calabozos y sus cámaras de terror desfilarán insurgentes, disidentes y caudillos de todo pelaje. El hambre, los grillos, el tortol, el vidrio molido y personajes lombrosianos como Nereo Pacheco formarán parte de la historia de este penal, ubicado en el sitio que actualmente ocupa la plaza de la Concordia en el sur de la capital, y que será demolido a la muerte de Juan Vicente Gómez, quien utilizará el castillo de Puerto Cabello —el barco de piedra, como lo denominara Andrés Eloy Blanco— o la fortaleza de San Carlos del Zulia como centros de suplicios alternos para sus opositores.
En la transición que marca el general López Contreras, y donde los periodos de apertura y liberalización se alternarán con los de represión, se harán famosas cárceles como la del Obispo, el garaje Palo Grande, el rastrillo de las Monjas, por donde pasarán centenares de líderes democráticos y populares. Con el general Medina Angarita desaparecen las cárceles como signo de ejercicio arbitrario del poder. Año tras año, el mandatario se ufana en sus mensajes al Congreso de que en su gobierno no ha habido ni un solo preso, ni un solo perseguido, ni un venezolano que haya tenido que ir al exilio por razones políticas. Durante el llamado trienio adeco (1945-1948), se hará famoso como centro de reclusión y torturas el Trocadero, antiguo dancing y cabaret caraqueño que administraba el aventurero francés Pierre René Delofre, y aunque pocos lo sepan, fue en este periodo cuando se creó la llamada Dirección de Seguridad Nacional como policía de investigación, que solo pocos años después ejercerá una férrea persecución bajo el mando del terrible Pedro Estrada, contra los propios dirigentes de AD y el resto de la disidencia antidictatorial.
Guasina, Sacupana del Cerro, la cárcel Modelo, la penitenciaría de San Juan de los Morros, el Cerro del Obispo, la cárcel Nueva de Ciudad Bolívar, y la sede de la temible Seguridad Nacional, primero en El Paraíso y más tarde en la plaza Morelos, formarán parte del engranaje represivo, que se irá sofisticando a lo largo de los diez años de gobierno militar.
Cuando se inicia la democracia, luego del 23 de enero de 1958, los gobiernos heredan el viejo sistema penitenciario de la dictadura, excepción hecha de la Seguridad Nacional, saqueada por el pueblo y luego disuelta por decreto de la Junta Militar. Las insurrecciones civiles y militares de izquierda y derecha que se inician casi de inmediato obligarán al aparato represivo del Estado a crear nuevos mecanismos punitivos de investigación y represión: la Dirección General de Policía (DIGEPOL) y el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA) serán los instrumentos. Cuando la lucha armada arrecia, instigada y financiada por la dictadura comunista de Cuba, Rómulo Betancourt se decide a confrontar con todas las fuerzas disponibles los intentos por derrocarlos, no ahorrando recursos ni medios para alcanzar este objetivo.
El cuartel San Carlos, la fortaleza del Vigía en el litoral, la cárcel de Trujillo, la cárcel Modelo serán, entre otras, habilitadas para recluir a centenares de presos que ingresan a ellas como resultado de la confrontación armada que sacude a Venezuela. Finalmente, en una polémica decisión, el gobierno de Betancourt decide reactivar un viejo reformatorio construido para delincuentes comunes en pleno lago de Valencia, en una isla denominada Tacarigua, que los lugareños denominan “isla del Burro”, el cual se habilita con instalaciones de campo de concentración y a la que son trasladados, a partir de noviembre de 1963, numerosos reclusos de distintas cárceles de Venezuela. Su ubicación, sus instalaciones, la fuerte custodia civil y militar de su parte interna y externa, la hacían en apariencia blindada contra cualquier intento de fuga.
La prisión de la Isla del Burro fue denominada por los opositores al gobierno de Betancourt como campo de concentración “Rafael Caldera”, enrostrándole al fundador y figura cimera de COPEI el voto que sus ministros, parte de la coalición de gobierno, dieron para la habilitación del penal. La invulnerabilidad de esta prisión se vino abajo cuando el 25 de diciembre de 1963 los dirigentes extremistas Germán Lairet, Gastón Carballo y los militares Pedro Medina Silva y Manuel Azuaje protagonizaron una espectacular fuga por las propias puertas del penal, que sería finalmente clausurado años más tarde cuando, derrotada la insurrección armada comunista, se inicie un ejemplar proceso de pacificación.
*Por: Rafael Simón Jiménez @rafaelsimonjimenezm. Intelectual, historiador y político venezolano
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