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Crónicas Humanas

Pedro Estrada: el rostro del terror

Pedro Estrada fue el arquitecto del terror durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Desde la Seguridad Nacional construyó una maquinaria de tortura, espionaje y muerte que marcó a toda una generación de venezolanos.

Gente de Hoy

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Pedro Estrada, director de la Seguridad Nacional, símbolo del miedo y la represión en la Venezuela de los años cincuenta.
Pedro Estrada, director de la Seguridad Nacional, símbolo del miedo y la represión en la Venezuela de los años cincuenta.

Por: Rafael Simón Jiménez. – Pedro Estrada, el terrible director de la Seguridad Nacional, símbolo de la represión en la década de la dictadura militar (1948–1958), se estrenó como policía en los tiempos finales de la dictadura gomecista y en la transición que luego encabezaría el general Eleazar López Contreras, desempeñando durante los años de este último los cargos de jefe civil, jefe de investigaciones y más tarde segundo comandante de la Policía de Caracas, siendo factor fundamental en la persecución contra líderes políticos y sindicales de izquierda.

De Güiria al poder represivo

Nacido en Güiria, estado Sucre, de donde sus adversarios le colocaron el mote de “Chacal de Güiria” por lo eficiente e implacable de sus métodos de represión, su estrella comenzó a declinar durante los tiempos de la apertura democrática propiciada por el general Medina Angarita, quien lo relevó de sus cargos públicos. El golpe del 18 de octubre de 1945 lo obligó a marcharse del país, iniciando un largo peregrinar por Centroamérica y el Caribe, donde sus dotes policiales lo llevaron no solo a forjar una red de relaciones, sino también a realizar sus primeros años de venta y comercio de armas en esa región.

El espía del régimen

Al producirse el golpe de Estado contra Rómulo Gallegos, Estrada cumplió el papel de espía e informante para la Junta Militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud, reportando los movimientos de los exiliados adecos en la región antillana. Ya para entonces se había conectado con el FBI y otros cuerpos de inteligencia norteamericanos, lo que le sirvió para incrementar su prestigio. La Seguridad Nacional, policía política paradójicamente fundada por el gobierno de AD en el trienio Betancourt-Gallegos, permaneció en los primeros tiempos de la dictadura militar a cargo de Jorge Maldonado Parilli, un policía técnico que, al contrario de Estrada, se decantaba por métodos de investigación científicos y criminalísticos, ajenos al uso de la tortura y la violencia física.

La llegada de la represión total

El incremento de las actividades clandestinas, el fortalecimiento de los partidos proscritos y, particularmente, la espectacular fuga de Alberto Carnevali, uno de los jefes del aparato de resistencia de Acción Democrática, quien se escapó del antiguo puesto de socorro de la céntrica esquina de Salas, llevaron al convencimiento de los jefes militares de que hacía falta reforzar la represión, la intimidación y el control policial, y nadie mejor para esa macabra tarea que Pedro Estrada, quien fue llamado a ocupar la dirección de la Policía Política.

La maquinaria del miedo

Pedro Estrada comenzó al frente de la Seguridad Nacional la verdadera política del miedo, que combinó intimidación, chantaje y torturas a los detenidos, e incluso la muerte de algunos objetivos predeterminados, como el caso del capitán Wilfrido Omaña, el teniente León Droz Blanco y Antonio Pinto Salinas, además de infiltración y espionaje. La llamada Sección Política contó con un grupo de lombrosianos especialistas en infringir tormentos a los detenidos: el “Indio Borges”, el “Loco Hernández”, “Torrecito”, el “Negro Miguel Silvio Sáez”, “Barretico”, “Parra Mendoza” y “Ortega”, quienes se distinguieron por practicar a los presos todo tipo de torturas: palizas con peinillas en el llamado “cuarto de las bicicletas”, “el ring”, la “picana eléctrica”, los “simulacros de fusilamiento”, la “panela de hielo”, todo un catálogo de lo que es capaz de concebir una mente enferma y criminal.

El verdugo de guante blanco

Pedro Estrada, sin embargo, presumía de hombre fino y distinguido, que se reunía y alternaba con lo mejor de la capital. La burguesía caraqueña adepta al régimen lo agasajaba el día de su cumpleaños o en la fecha de su santo, en las mismísimas instalaciones del Country Club. Su segunda esposa, la aún bella Alicia Pares, era viuda de Alejandro Ibarra Casanova, en cuyo fallecimiento en un accidente de tránsito se acusó al director de la Seguridad Nacional de estar involucrado. El cinismo y la doble personalidad, donde destacaban la finura y los buenos modales, desconcertaban a quienes conocían su verdadera faceta. Sin embargo, era el verdadero sostén del régimen, que se daba el lujo de rendir cuentas personales diariamente al dictador y de apresar a oficiales de las Fuerzas Armadas en nombre de las cuales gobernaba Pérez Jiménez.

Caída, huida e impunidad

La buena estrella de Pedro Estrada comenzó a declinar a finales de 1957, cuando se fortaleció la oposición al régimen y aparecieron grandes grietas en su apoyo castrense. El golpe sofocado del 1° de enero de 1958 y la posterior presión del jefe del Estado Mayor, general Rómulo Fernández, forzaron su salida intempestiva a mediados de enero. Su ausencia fue reveladora de la debilidad de la dictadura, y la gente terminó de perderle el miedo a la agonizante tiranía. In extremis, el 21 de enero de 1958, Pérez Jiménez le envió a Washington un mensaje solicitándole volver a Venezuela, pero el experto policía prefirió esperar los acontecimientos y, en la madrugada del día 23, el sátrapa huyó despavorido del país, poniendo término a sus desafueros.

Exiliado en París, Pedro Estrada no volvió a pisar tierra venezolana. En Francia lo asociaron a la Sûreté, la policía de investigación gala, desde donde, en medio de la mayor impunidad y disfrutando de la buena vida, contempló cómo sus crímenes quedaban sin castigo.

 

Por: Rafael Simón Jiménez (@rafaelsimonjimenezmelean)
Intelectual, historiador y político venezolano

Foto cortesía

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