GRANDES REPORTAJES
La seguridad nacional
Creada como cuerpo de investigación, la Seguridad Nacional terminó convertida en símbolo del terror político durante uno de los períodos más oscuros de la historia venezolana.
Creada como cuerpo de investigación, la Seguridad Nacional terminó convertida en símbolo del terror político durante uno de los períodos más oscuros de la historia venezolana.
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2 meses agoon
Por: Rafael Simón Jiménez.- Tristemente célebre por aparecer como el símbolo más aberrante del terror y la represión impuesta por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, la denominada Seguridad Nacional (SN), aunque muchos lo ignoren, fue creada como cuerpo policial durante el trienio de gobierno de Acción Democrática (1945-1948), con el propósito de que fuera un cuerpo de investigación especializado, en cuyo funcionamiento interno existían brigadas destinadas al tratamiento de distintas formas delictivas.
Al ser derrocado violentamente el gobierno legítimo y constitucional de don Rómulo Gallegos, el 24 de noviembre de 1948, el cuerpo policial comenzará a desdoblarse y adquirir notoriedad como policía política, al mando del Dr. Jorge Maldonado Parilli, un policía profesional que repudiaba los métodos crueles y que se decantaba por las técnicas de investigación criminológica. Es el tiempo de la denominada “Dictablanda”, que encabeza como presidente de la Junta Militar el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, y donde el régimen militar aún no ha desplegado toda su capacidad represiva y terrorífica.
En julio de 1951, en una exitosa operación llevada a cabo por comandos clandestinos del proscrito partido Acción Democrática, se logra rescatar del puesto de Socorro, ubicado en la esquina de Salas, al secretario general de esa organización, Alberto Carnevalli. Será la gota que derramará el vaso para que la dictadura militar llame a dirigir la Seguridad Nacional a un lombrosiano policía, con tenebrosas andanzas desde los tiempos finales de la dictadura gomecista: Pedro Estrada, quien se ha desempeñado como segundo comandante de la Policía de Caracas en tiempos de López Contreras y, más tarde, desde el exilio durante los gobiernos de Betancourt y Gallegos, se vincula al tráfico de armas y estructura una red de espionaje en Centroamérica y el Caribe.
Con la llegada de Pedro Estrada a la dirección de la Seguridad Nacional, comenzará este cuerpo a adquirir la más oscura reputación. Los allanamientos, las acciones expeditivas, el crimen político y las torturas sistemáticas formarán parte de su desenvolvimiento cotidiano. José Vicente Abreu, en su famosa novela SE LLAMABA S. N., retrata de cuerpo entero el funcionamiento de las cámaras de terror en base a sofisticadas torturas: el ring, la picana, las descargas eléctricas, el tortol, los planazos o la panela de hielo ponen a prueba el coraje de los adversarios del régimen. A la lista de ajusticiados o desaparecidos por los esbirros enrolados en la Seguridad Nacional se cuentan: el teniente León Droz Blanco, el capitán Wilfrido Omaña, el valeroso Leonardo Ruiz Pineda, el Dr. Germán González, Castor Nieves Ríos, el sindicalista Luis Hurtado y el poeta Antonio Pinto Salinas. Miles de prisioneros pasan por sus calabozos o salas de suplicios.
Estrada logra conformar un equipo donde convergen personajes de la mayor brutalidad y sadismo: Miguel Silvio Sáez, especialista en apagar sus tabacos en los cuerpos de las víctimas; el Bachiller Castro; el tenebroso Braulio Barreto, asesino del teniente Droz Blanco en Barranquilla, Colombia; el “indio” Borges; “Torrecito” Ulises Ortega y Parra Mendoza se ceban con sus víctimas y logran imponer un terror inhibitorio que en muchos casos logra descabezar las direcciones clandestinas de las organizaciones políticas.
Luego del fallido alzamiento militar del 1.º de enero de 1958 y del efímero golpe palaciego del general Rómulo Fernández, Pérez Jiménez, acosado por las críticas, los cuestionamientos y la repulsa popular contra los métodos de su gobierno, accede a remover de la jefatura de la Seguridad Nacional a Pedro Estrada, quien, consciente de la precariedad de su situación, sale precipitadamente del país, llevándose consigo buena parte de los archivos del cuerpo policial. Lo sustituye en los últimos días del régimen el teniente coronel José Teófilo Velasco.
Cuando el 23 de enero de 1958 sea derrocada definitivamente la dictadura, una enorme multitud cerca el edificio de la Seguridad Nacional, ubicado en las adyacencias de la plaza Morelos. La mayoría de los jefes han logrado evadirse. Los presos son dejados en libertad en las primeras horas del día, y el Ejército, junto a unidades blindadas, procede a desocupar las instalaciones, protegiendo la vida de los esbirros de menor jerarquía refugiados en su interior, algunos de los cuales no logran salvarse del repudio popular y son linchados por el pueblo enfurecido.
El médico comunista Eduardo Gallegos Mancera, quien junto a Luis Miquilena y Salom Meza Espinoza formaría la trilogía de supliciados que darán vida a la novela La muerte de Honorio, escrita por la exquisita pluma de Miguel Otero Silva, cuenta que cuando en el gobierno de Acción Democrática se acordó la creación del denominado Cuerpo de Seguridad Nacional, él advirtió a su amigo Luis Lander, alto dirigente del partido de gobierno y presidente de la Cámara de Diputados, que los adecos serían los primeros en ser perseguidos en el futuro por este cuerpo de seguridad. Palabra profética y cierta.
Por: Rafael Simón Jiménez @rafaelsimonjimenezm. Intelectual, historiador y político venezolano

Protestas populares tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.
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