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Del chavismo o la inflexión decadente (Parte segunda)

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Del chavismo o la inflexión decadente (Parte segunda)

Por: Nelson Chitty La Roche.– Un texto que debimos leer y releer en el curso de Doctorado en Ciencias, mención Ciencias Políticas que seguí en la Universidad Central de Venezuela, entre varios más por supuesto, fue el de Raymond Aron, titulado Democracia y totalitarismo y admito que me tocó profundamente. El examen de la experiencia soviética en su evolución y el contraste con lo que podemos llamar la democracia de occidente revelaba muchísimo del pasado y de la carga hereditaria del susodicho sobre el presente de la época.

Tres décadas después de la caída del muro de Berlín tenemos enfrente a la Rusia de Putin y cabe interrogarse sobre cuánto de las vivencias y del ideario del socialismo de Lenin, Trotsky, Stalin, Brehznev y antes de ellos, de los zares y de Catalina y Pedro el Grande, está presente en el sistema que con apariencia democrática exhibe hoy a un déspota, profundamente corrupto y despiadado, inescrupuloso y cínico, intolerante y pragmático, como es el presidente de la federación rusa desde 2012 y antes, desde 1999 hasta 2008 y ya de por vida, según reciente consulta y modificación legal a tal efecto.

Pareciera que hay una cultura en el perfil y la organización del poder en esa latitud que, aprecia como propio del mando, rasgos del imperio, genealogía y genética, semblantes autocráticos y maquiavélicos incluso. Se diría que para ese pueblo es connatural al ejercicio del poder, un carácter soberbio, dominante y además que trasciende a la institucionalidad y a la ley.

Mutatis mutandis, podemos traer a colación el caso de Egipto que vivió un instante democrático, para apartar a Mubarak y todas sus trapacerías y en su lugar, tiene ahora a Abdel Fattah el-Sisi, un militar que gobierna con puño de hierro y que sigue la tradición prácticamente ininterrumpida de dominio y control estricto de los detentadores del poder que son electos y reelectos por ese mismo pueblo al que sojuzgan.

En la civilización islámica, teocéntrica y totalizante, la dinámica política es frecuentemente arrastrada por la construcción social religiosa, como se evidencia de la observación de buena parte de los países que se ajustan a la descripción.

Irán, Arabia Saudita, Pakistán tienen, es cierto, sus diferencias en sus modelos, pero la influencia en la praxis del poder de la consciencia histórica, inoculada de la esencia religiosa con su naturaleza envolvente y su cubierta axiológica, pesa, gravita, notablemente en su consciencia política.

Igual acontece en China que trata y forcejea a pesar de los cambios económicos estructurales y constitutivos de una orientación hacia la libre iniciativa y que llevan décadas produciéndose, en mantener orgánicamente un plano resistente a las radiaciones democráticas y sigue su historial de obediencia, fascinación y lealtad hacia el líder, al que acuerdan además un culto devoto.

Puedo seguir trayendo otros símiles, pero lo que creo útil evidenciar es cómo la tradición y la historia toman entidad en la consciencia colectiva y determinan a menudo, sesgan, mediatizan cualquier perspectiva dificultando e incluso acompañando miméticamente los nuevos estadios que llegan con las reformas y transformaciones que se van presentando. Japón, Reino Unido y los otrora territorios británicos aun tienen en su ADN, por decirlo así, aspectos atinentes a la justicia y al compromiso con la nacionalidad que los distinguen ante los demás.

Pero el determinismo que funciona como un impajaritable destino tropieza en Occidente con otra perspectiva que se empapa del saber histórico y lo asimila pero que parte de otros presupuestos que lo presionan en otra dirección. La idea de libertad basada en la autonomía, en la igualdad de los hombres, en el discernimiento y en una ética articulada a esos valores, principios y creencias cristianas, traslada a otros escenarios el asunto y de allí que ese espíritu superior, como le llamaron sus adversarios marxistas, Raymond Aron sin contradecirse afirmara de un lado que la consciencia histórica registraba el impacto del pasado en el presente, pero paralelamente le indujese a buscar más, porque la criatura humana desafiaría cualquier sino o aparente certeza, confiado en sus capacidades y especialmente en su atrevida creatividad.

La consciencia histórica es también una transversal en la historia de Occidente desde que descubrió al hombre como protagonista y le concedió la responsabilidad como contraprestación de su libertad. Un prisma surge con el Renacimiento y un haz de luz alcanza el proceso cultural todo, lenta y sostenidamente, convirtiendo el asiento político jurídico del derecho del hombre y los hoy denominados derechos humanos, en la materia omnipresente de la evolución institucional, social, cultural, política, jurídica, económica, moral y religiosa que ha moldeado el arquetipo civilizatorio.

El significado del hombre se descubre y desarrolla subsecuentemente en Europa y nutre la reflexión en todos los campos que también comprenden las instituciones, la ley y al demoniaco poder, como le llamó Loewenstein es categorizado con el propósito de metabolizarlo en el diseño filosófico de la humanización por la dignificación.

Empero, como nos enseñó Nietzsche, el poder opera en el homo como una compulsión, una ambición, un impulso que aparece y lo posee como un demonio desde niño y al cual le tributa a menudo su energía. Una pasión intensa y recurrente que penetra hasta lo más hondo. Un ademán consistente con su personalidad.

La libertad, la voluntad, la individualidad emergía en paralelo y tallaba un espacio sonde antes no había sino servidumbre, anonimato e intrascendencia. El homo se va reconstituyendo en una dinámica compleja que la secularización impuso.

El empirismo, el racionalismo, la ilustración, el liberalismo fomentaron, habilitaron, instrumentaron al hombre para el transcurso, la búsqueda y la elaboración de una consciencia colectiva, plena de conocimientos atrevidos e instigada por una redefinición de objetivos y cometidos empapados en el derecho a participar y haciéndolo, protagonizar. La ciudadanía surge así como el derecho a la membresía política más allá de los limitantes sociales de clases que si bien se hundían en el descrédito aun seguirán siendo rectoras.

Procede una observación de carácter estratégico evidenciada en el cambio histórico, social, político que expuso Benjamín Constant en los inicios decimonónicos y solo fue un esbozo porque luego se desarrolló hasta convertirse en la más importante amenaza social a mi parecer en la contemporaneidad. Me refiere a la mutación contenida en la distinción entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos.

Hay no obstante altos y bajos en la vida del hombre y de ellos como colectivo. Los historiadores suelen mencionar los ciclos como pasajes de auge y crecimiento y también declive, decadencia. Spengler y el mismo Toynbee glosan el reiterado ritmo fenomenológico de las civilizaciones, aun con ese recurso extraordinario que menciona Toynbee sobre el “tour de force” que algunos contingentes humanos libran, para no permitir ese movimiento final y reaniman su complejo social, cultural, espiritual para que se sostenga a pesar del asedio que marchita y envejece a cualquiera de los teatros existenciales que ha vivido el ser humano.

La decadencia debe ser invocada como un constructo que instrumentaliza un proceso de desgaste, fatiga, decrepitud en la estructura de las sociedades o más, de las civilizaciones. El siglo XIX convenció a Spengler de que el sol ya estaba en la espalda de Occidente, pero qué diríamos de lo que fue para el mundo la primera mitad del siglo XX, que entre las dos guerras y la pandemia de la gripe española llevó a la tumba cerca de 90 millones de seres humanos.

Cabe ahora traer dos institutos fundamentales que conocieron en la historia su elevación y su derrumbe. La república y la democracia que hoy en día siguen vigentes y si bien conocen dificultades y negaciones, no han podido aún sustituírseles y prevalecen en buena parte de los Estados y sociedades del mundo. La república es una construcción ética que asume a la ciudadanía como soberanía y al Estado como una entidad al servicio de la libertad y la dignidad humana. La democracia es el primer ensayo de paridad entre los seres humanos y los diálogos de Otanés, Megabizo y Darío desde palco de la imaginación del tal vez primer historiador, como lo entendemos hoy en día, Herodoto.

La edificación de la república como de la democracia constituyeron un salto cualitativo que trascendió largamente en su potencialidad a su época de nacimiento y que será apreciada en sus distintas dimensiones mucho tiempo después de haber aparecido allá en la Roma, cinco centenas antes de Cristo y haberse, como la democracia ateniense magistralmente descrita por Tucidides en la cita de la oración fúnebre de Pericles y también diré, eclipsada y lo recuerda Sartori, veinte siglos hasta reaparecer y convertirse ambas en las pilotes sobre los que se fundó y se funda la actual institucionalidad de Occidente y de buena parte del mundo.

Historicismo y fenomenología se entrevistarán especialmente en las décadas iniciales del siglo XX y cabe entonces a estos fines, invitar a sugerencia del doctor Freddy Millán Borges al genio de Gadamer y sus consideraciones sobre la memoria histórica y ese trabajo clave para entender, “El problema de la consciencia histórica” (GADAMER HANS—GEORG, traducción de Agustín Domingo Moratalla 1993, Editorial Tecnos, Madrid 1993).

Gadamer, alumno entre otros de Heidegger y estudioso de Nietzsche y de Platón, camino a la conclusión de su obra maestra, Verdad y método, apuntalara su devoción filosófica con un esfuerzo filológico que le permitirá aprender y aprehender el sentido del pensamiento, de las ideas y de su significado, para realizar, practicar tal vez sería mejor decir y como un arte la hermenéutica entra y desnuda, realiza la pesquisa, el análisis, la valoración y la interpretación del lenguaje en las entrañas del texto examinado, para develarlo, conocerlo, sentirlo. Hay un flanco comunicacional que es menester advertir.

El problema de la consciencia histórica supone entonces para Gadamer y para nosotros igualmente, una metodología, una sistemática que pondera no solo a la verdad como objeto de la filosofía y de la historia, sino a los elementos concurrentes con la acción del hombre, percibidos a su alrededor, el pasado en el devenir, la ética, la palabra y los elementos que en ella se alojan, la voz del alma inclusive, las perspectivas desde los balcones de la doxa, la consulta al espíritu que anda detrás de los hechos que a primera vista indican lo que es en la apariencia, pero no son verdad verdadera y además claro, de la constatación y la asunción del Episteme.

Seduce continuar y especular sobre una temática de historia y filosofía que apenas conocemos y con mucha modestia más bien diremos que en grueso desconocemos, sobre todo si admitimos que es imperativo convocar ese monumento de la filosofía más que alemana, a secas es más justo, hospedada en la producción de Martin Heidegger y obviamente en ese retrato existencial del homo, ser y tiempo, pero no hay espacio y liviano manejo de mi parte, además para disuadirme de tal temeridad.

No obstante; creo haber sentado las bases de lo que deseaba yo como marco impretermitible de ideas, conceptos y consciencia histórica antes de abordar lo que, por cierto, considero el período de la decadencia de la república y de la democracia venezolana, y el elenco deletéreo, infausto, lúgubre de la constelación de signos y elementos que se combinaron para esa conjura histórica.

Trabajaremos con eso la semana próxima si Dios quiere.

nchittylaroche@hotmail.com

@nchittylaroche

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Del chavismo o la inflexión decadente (Primera parte)

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Del chavismo o la inflexión decadente (Primera parte) Por Nelson Chitty La Roche -October 2, 2020 “No puede darse una prueba más triste de la propia pequeñez de un hombre que su incredulidad para con los grandes hombres” Carlyle, T. (1957). Tratado de los héroes, de su culto y de lo heroico en la historia. Barcelona: Edit. Iberia. Citado por Germán Carrera Damas en Disertación de incorporación como Miembro corresponsal de la Academia Mexicana de la Historia. Me ocurre que cuando pienso y lo hago después de haberlo vivido y no al revés, afirmación que no es una perogrullada ni mucho menos, en lo que ha sido el período del chavismo, vale decir, estas dos últimas décadas atrabiliarias y esquizoides que han cambiado a Venezuela, suelo pensar en los cursos del doctorado en Ciencias Políticas que a Dios gracias seguí en la Universidad Central de Venezuela y en los extraordinarios profesores que tuve y aproveché bastante, pero tal vez no lo suficiente porque sabían mucho y querían enseñarnos más de lo que yo pude aprender. A ellos todos les estoy agradecido. Debo sin embargo anotar que, si bien todos fueron muy buenos, hay algunos que regresan a mi memoria, como un latido intelectual, al abordar, repito, una meditación sobre aspectos de ese trajinar complejo que significó y aún significa el acaecer nuestro, como pueblo, como nación, desde 1998. Solo mencionaré y a los fines de este artículo, a los que dictaron materias relativas a la historia como fenómeno atinente al ser humano y su desenvolvimiento, su consideración, su análisis, derivaciones, interpretaciones en dos campos; Pensamiento e Ideas, Civilizaciones y Venezuela, historia crítica. Omar Noria, Luis Leáñez Sievert, Federico Welsh, Fernando Falcón Veloz, Ricardo Combellas, Raúl Cuevas Arrieta y Germán Carrera Damas son algunos y destaco que enuncio solamente porque no me es posible mencionarlos a todos, pero ellos y cada uno en su área trajeron el Episteme para mostrar además la indispensable pertinencia cuando de comprender y hacernos un criterio sobre la política y evocando a Aristóteles, como la ciencia por excelencia. Claro; las opiniones personales son eso, personales y no los comprometen a ellos. Las afirmaciones que haré de seguidas constituyen un punto de vista sobre asuntos que hemos tenido ocasión de valorar en la perspectiva científica, pero también existencial. Asumo entonces mi responsabilidad al respecto. La historia de Venezuela, nos enseñó el bachillerato, se verifica y así en todas partes por período que denominaban a menudo ciclos. Se trata de espacios temporales cuyas características son relativamente homogéneas. No se trata de ecuaciones matemáticas pero si, de parámetros susceptibles de ser anotados y distinguidos también. Alguno podría decir que la República de Venezuela se constituye entre 1800 y 1830. Luego conoce otros contiguos que muestran elementos predominantes hasta que sobreviene un hito o una serie de ellos que nos introduce o nos introdujo, en otro tiempo histórico forzando la expresión de Koselleck. 1864 y la Constitución Federal abrió un telón y otro acto en nuestra obra y luego, tal vez pueda y deba notarse, la llegada de los andinos al poder, para marcar otra pauta distinta y esa también de una especificidad común si puede decirse así y sucesivamente. Esto nos lo han instruido, repito, nuestros profesores de Historia de Venezuela documental y crítica, en buena hora por cierto y con eso en las alforjas trotamos por la espiral formativa e informativa en nuestro plan de educación. La ponderación de una serie de aspectos de diferente contenido incide, no obstante, en la apreciación de esas etapas que traen de suyos cambios, reformas, advenimientos culturales, políticos, económicos, sociales y colocan a la enseñanza y a la universidad especialmente en una dinámica de interpretación, aprendizaje y adecuación racional que no solo significa observación, análisis de temáticas e inspiración para continuar o iniciar, atosigarse las incertidumbres que se postulan invariablemente en cada uno de los saltos a los que hacemos referencia. Germán Carrera Damas nos pone a pensar, dudar, escudriñar, meditar para sincronizar la “ruptura o la continuidad” como conceptos, que postulan otra perspectiva, sensibilizando en el examen de un elenco de variables que servirán de instrumentos para comprender primero que nada. El maestro nos traslada a un complejo constructo con dos referentes; la idea de la república liberal democrática y en el otro extremo y como una suerte de derivación monárquica, la república liberal autocrática. Ese movimiento entre ideas y contrastes nos aclara mucho más lo que hemos sido y somos, y por qué así fue. En el esfuerzo se pone a prueba la relación entre independencia y libertad que es objeto de una peligrosa contaminación o tergiversación para legitimar la prevalencia del modelo republicano liberal autocrático que el historiador sitúa entre 1830 y 1945 y caracterizado ciertamente por un ejercicio oligárquico de los hombres de armas y la disposición orgánica de una república con un visible sesgo desciudadanizado. La tentación es grande por reproducir un múltiple catálogo de interesantísimos análisis e interpretaciones sobre ese proceso que se cumple en esa búsqueda y en las circunstancias que el camino ofreció como desenlaces vacíos o etapas que aparecen por ellas solas, plenas de significados pero no puede ensayarse sino apenas esbozarse. El gobierno de Medina es un episodio que sirve para evidenciar mis afirmaciones por cuanto, sigue generando, para recordar una fase de lo que llamará el desmontaje del Estado gomecista de que habló Alberto Adriani, aun en el tiempo actual, dictámenes encontrados y basta leer la secuencia, por este mismo medio publicada y de amena y pertinente autoría de Corina Yoris Villasana, que resalta aspectos cruciales para detenernos y volver a leer y a repensar los juicios que nos hacemos. El maestro Carrera en el aula de clases problematizaba socráticamente las consumaciones que teníamos sobre nuestro devenir y nos inducia así a separar las partes para entender las señales, los signos que antes desestimábamos. Trabajar con la noción de continuidad y ruptura ya era una ocasión para descubrir y hallar en un recorrido que por el corto tiempo no nos impedía y no nos impide contemporáneamente advertir elementos, que de suyo llamaremos, y valga el lugar común, la clave de bóveda. No nos atrevemos a más en esta serie sino a evocar algunos capítulos de esa literatura y enjundiosa propedéutica que nos brindó el maestro por respeto a él y a sus escritos que lo recogen fielmente, pero mencionaré brevemente aquel sobre la consciencia histórica y la consciencia política. En efecto, tomar consciencia e histórica además es un asunto ciudadano; cabe decir, un peldaño clásico a la hora de asumir la pertenencia al cuerpo político y la militancia en el susodicho. Aprehender el sujeto y la secuencia de nuestro curso existencia exige hacerlo con respecto a nuestra genealogía de pensamiento y acción y, así las cosas, asumir lo que somos desde lo que hemos sido aunque ello suponga sin embargo, una constante de movimientos que incluyan la relativísima novedad que encierran las épocas y sus impresiones consecutivas. La consciencia política es más reciente, más próxima, más emocional. Nos lleva de un circuito de la ponderación conceptual, de un estadio como nos dice el maestro, pasando por la consciencia nacional y social para encontrarnos de frente con lo que somos y fuimos y en medio de la coyuntura y su influencia en el “homo verus.” Y entonces nos percatamos de otros considerandos que en la radiación histórica nos alcanzan más allá, de la natural abstracción de ideas concomitantes que debemos masajear, por decir lo menos, para notar y apreciar la carga fenomenológica que contrae a detenernos y distinguir y/o decantar como trascendentales. De allí que me permitiré segmentar, en partes, mis comentarios, cuya naturaleza obliga a hacerlo, convocando institutos y favoreciéndonos del saber histórico, el sentido histórico y la conciencia histórica como eslabones de una cadena racional y aplicarlo a una modesta y sencilla procura de claridad para anclar y medir, contar y pesar lo que nos pasa y, reducir en alguna medida el extenso campo de nuestra gravosa incertidumbre. Nociones como república, soberanía, ciudadanía, responsabilidad y decadencia nos lucen para ello indispensables y con ellas trabajaremos la experiencia reciente que compartimos y expiamos, acoto, como nación desde la semana próxima, Dios mediante. nchittylaroche@hotmail.com @nchittylaroche La llegada de la república liberal democrática y su auténtico ejercicio lo podemos ubicar en ese lapso de cuatro décadas que transcurrió desde 1958 hasta 1998. La democracia muere cuando hay censura. 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