Choroní: colores, historia y valentía

En medio de las eventualidades, la población sigue destacándose por sus posadas destinadas a todos los gustos, paisajes exuberantes y personas rebosantes de amabilidad

Los primeros cantos de aves e insectos penetran el alba en Playa Grande. El mar, como siempre (aunque unos días lo está más que otros), se encuentra turbulento. Las olas van y vienen, engendrando un estruendo que parece un relámpago, pero no atormenta como las cornetas de la ciudad, más bien genera una sublime tranquilidad. Por eso Marta Elena, una de las pocas pescadoras que hay en Puerto Colombia, dice que “la mar” le ha dado todo.

Un cangrejo se esconde dentro de la arena. Un pájaro se posa sobre una palmera. El viento corre y hace caer los cocos. Los pequeños peces se acercan a los nadadores para morderlos suavemente. Los perros se arriman a la gente. Los tolderos empiezan a instalar sus sillas y a ofrecer los pescados recién cazados. Los vendedores muestran sus mejores productos: zarcillos, pulseras, tobilleras, paletas de madera.

Son las 6:00 am. El sol baña las casas del pueblo, revelando pintorescos y tropicales colores que, combinados con las rectas calles, crean senderos que parecen infinitos.

El valle de Choroní está ubicado en una zona costeña del extremo norte del municipio Girardot, estado Aragua, justo en las faldas de la cordillera de la costa, así que tiene la dicha de formar parte del Parque Nacional Henri Pittier, fundado en 1937 y que cubre un territorio de 107.800 hectáreas. A 3 kilómetros se encuentra Puerto Colombia, donde está Playa Grande, una larga costa en la que en cada extremo se erigen montañas como si fueran los muros de un castillo. Desde Puerto Colombia los visitantes pueden movilizarse en lancha a Chuao, parroquia perteneciente al municipio Mariño y donde se produce uno de los mejores cacaos del mundo.

Oldman Botello, cronista de Maracay, cuenta que Choroní originalmente era una hacienda de cacao perteneciente al portugués Diego de Ovalle en los últimos años del siglo XVI. En 1622 se creó el pueblo San Francisco de Paula Choroní, luego rebautizado Santa Clara de Asís de Choroní, patrona de la localidad.

Puerto Colombia antes se llamaba La Isleta y solo estaba poblada por pescadores en la orilla de la playa. Su nombre actual —explica Botello— lo recibió en 1848, cuando fue elevada a categoría de parroquia civil. Su patrono es San Juan Bautista, cuya fiesta se celebra el 24 de junio desde la noche anterior; el nombre “La Isleta” proviene de la división del río Choroní en lo que se llama río Tipire, en el sector El Camping: ambas torrentes caen al mar formando una “Y” o isla.

Las dos comunidades conforman, junto a Maracay, el municipio Girardot desde 1881.

Como una hacienda cacaotera nació Chuao, en una encomienda que data de 1568. No tuvo connotación de pueblo sino hasta la década de 1990, cuando se le convirtió en parroquia foránea de Mariño. Era la principal hacienda cacaotera del litoral de Aragua y, desde 1827, perteneció a la Universidad Central de Venezuela por orden de Simón Bolívar. Pero mediante engaños, refiere Oldman Botello, cayó en manos de Antonio Guzmán Blanco en la séptima década del siglo XIX; entonces tuvo varios propietarios hasta la caída de Marcos Pérez Jiménez: fue nacionalizada a través del Instituto Agrario Nacional, que la entregó a una cooperativa aún activa en la actualidad. Previo a esto estuvo bajo el poder de Fortunato Herrera, un notorio perezjimenista apodado “El Platinado”.

En Choroní no existía el turismo. No fue sino hasta la década de 1950 que empezó a ser publicitado como lugar para viajar y hospedarse. Los que visitaban el pueblo eran quienes poseían vehículo porque el transporte público solía ser precario, casi inexistente: la carretera, desde los tiempos de Juan Vicente Gómez (quien ordenó su construcción), estaba cimentada en una parte de tierra y en otra de macadán. Anteriormente, se encontraba un sendero en la montaña por el que podían transitar las personas a pie o a caballo; tenían que viajar toda la noche con el peligro de la virgen montaña.

Hasta el 21 de agosto la imagen del pueblo para los venezolanos era solo de playa, cacao, pescado y montaña: como lo prefieren sus habitantes dedicados a las posadas, la gastronomía y la pesca. Ese día se desbordó el río Romerito, mejor conocido como Las Mercedes por una casa del mismo nombre que está en el sector desde los 50. Cuatro personas fallecidas y un niño de 5 años todavía desaparecido fue el saldo que dejó el desastre. Además, la vivienda de Kellymar Pirela, que trabaja en la posada Bequevé y vive en Romerito, resultó afectada, por lo que tuvo que mudarse a la de su suegra; la inundación destruyó la pasarela, causó la desaparición del dique La Culata (que enviaba agua a Choroní y Puerto Colombia), desplazó piedras de hasta 12 metros de altura y otras cinco familias tuvieron que ser evacuadas por alto riesgo. Sin embargo, a pesar de que reconocen la gravedad del siniestro, los lugareños han denunciado que se dijeron muchas falsedades: que había más de 20 desaparecidos, que la cantidad de fallecidos era más alta, que todo Choroní estaba en ruinas, que la vía estaba intransitable. La desinformación agravó la disminución del turismo, ya en merma desde abril de este año.

En la actualidad, para llegar a la comunidad hay que atravesar una angosta carretera de 43.500 kilómetros que tiene una altura máxima de 1.560 metros sobre el nivel del mar. Por esta vía el viajero rodea (en medio de angostas curvas), sube la montaña y luego baja pasando por varios caseríos hasta llegar a Choroní. Movilizarse al pueblo en los autobuses pintados al estilo urbano es como estar en una aventura: los conductores, que reproducen música popular como reguetón, salsa o trap, son unos expertos en el camino. Cuando manejan en las zonas más estrechas tocan una ensordecedora corneta (similar a la de un barco) para advertir a los vehículos que vienen en sentido contrario.

En la vía la gente se puede topar con pequeños derrumbes, algunos de 2011 que no han sido removidos totalmente. Entre los kilómetros 4 y 5 hay cientos de piedras acumuladas que fueron desplazadas por las fuertes lluvias de las últimas semanas; pobladores afirman que en este sector antes había solo árboles, ahora solo se ven las rocas amontonadas.

Romerito es el primer caserío que se consigue en la orilla de la carretera, los otros son Uraca, Planta Choroní, La Loma, El Charal, Barro Colorado, La Esmeralda, Santa Bárbara, Campos Elíseos, Tremaria, La Rinconada y El Parnaso. Pertenecen a campesinos que trabajaban la tierra al pie de la montaña.

En Romerito, y no en Choroní ni en Puerto Colombia como tal, fue donde ocurrió la crecida del río; allí están aún los vestigios de lo que pasó: rocas y ramas amontonadas y ya no están los pocitos en los que se bañaba la gente. Habitantes recuerdan que el caudal suele crecer en época de lluvia. En esas situaciones toman la prevención de alejarse del agua y los vehículos esperan a que baje la corriente antes de cruzar. Pero esta vez, dicen los residentes, la crecida fue sin precedentes.

Ana Rodríguez, que desde hace 21 años posee un puesto de empanadas en Romerito, cuenta que el río se tragó un vehículo marca Aveo de color azul. Ella no estaba en el momento en que ocurrió la crecida. Llegó media hora después de su casa y se consiguió con los automóviles aglomerados, tratando de alejarse del desastre. Nunca había visto algo parecido. “Lo primero que me vino a la mente fue ‘Gracias a Dios’ que no estaba”.

Los fallecidos identificados por el siniestro son José Manuel Gonçalves Corcho (50), César Alonso Valverde Agustín (48), María Isabel Linares de González (66) y Gabriela Gómez Soldner (45); los tres últimos estaban juntos en el Aveo e iban a visitar al padre de Gabriela Gómez, Johann Soldner, que vive en Choroní. Todavía está desaparecido un niño de 5 años de edad, hijo de César Alonso y Gómez Soldner.

Luego de este accidente la gente de Choroní ha buscado la manera de levantarse por su cuenta, porque ha sido poco el apoyo que han recibido del gobierno. Aplauden que Protección Civil, Inparques y los Bomberos acudieran rápidamente a atender el suceso, pero critican que siguen los problemas de drenaje en la carretera, los cortes de electricidad y las deficiencias en el servicio de agua. Esto se suma a la falta de medicamentos, alimentos y efectivo. Además reprochan que, tras la crecida, el Estado les llevó una comida por la que tuvieron que pagar, como si hubiera sido parte los Comités Locales de Abastecimiento y Producción y no debido a una emergencia.

Los mismos pobladores han asumido y resuelto sus problemas: construyeron un dique artificial para sustituir el que desapareció después de la crecida e instalaron nuevas tuberías de agua. Para contrarrestar los problemas de energía, algunos posaderos, los que tienen capacidad económica, han optado por adquirir plantas eléctricas, cuyo valor ronda los 5 millones de bolívares. Asimismo, protegen por su cuenta las playas y velan por que la carretera funcione con normalidad.

“Los únicos que me han ayudado han sido las personas de la posada (Bequevé), mis jefes, mis compañeros de trabajo y mi familia”, señala Kellymar Pirela, a quien el gobierno ofreció, junto a los otros cinco desalojados, reubicación en una vivienda en el pueblo de Choroní. Acerca de las bolsas de alimentos que el Estado entregó a los perjudicados (una semana después del siniestro), considera que no fueron un beneficio, pues los habitantes tuvieron que cancelar 14.000 bolívares. “Sí, supuestamente mandaron donaciones, pero a Romerito y Tremaria casi no les llegó. Ni agua potable, porque bajaban todo eso directo al pueblo (de Choroní), nunca fue entregado en nuestras manos”.

Son las 8:00 am del 16 de septiembre. El sol se escabulle entre las ramas y las esquinas de Puerto Colombia y abrasa las espaldas ya quemadas de los pescadores, que sumergen las piernas en el agua mientras organizan las lanchas. Otros, con una paciencia de abuela que teje, desenredan las redes con las que atraparán los peces que transitan el mar de Choroní.

Mar adentro, los pescadores se sitúan en las orillas de los botes, desde donde jalan las pesadas presas que luchan por escapar. Dos mujeres pescadoras demuestran su fuerza entre hilarantes carcajadas. Cuando logran subir los pescados, que se retuercen por su vida, un ritmo de tambor se adueña de las maderas de las lanchas, un repique que tal vez es ancestro de los populares tambores de Choroní.

La jornada ha sido buena: bonitos y curaguas inundan los botes, bañando de escamas los pies de los pescadores.

Cerca de la pesca, desde la carretera hasta el malecón, aparecen los personajes de la comunidad, el alma de las calles. Sebastián Liendo (“El Gallo” o el Lorenzo Mendoza de Choroní) sale a activar sus comercios, Carmen Cobo brinda sus deliciosas conservas de coco, Ricardo Sánchez ofrece sus paletas y tenedores de madera, Ángel Manama instala los toldos, Eduardo Pacheco pinta los paisajes y Javier Morales (El Salvaje) ofrece suculentos chicharrones. Desde Romerito hasta Puerto Colombia hay protagonistas dignos de un relato de Charles Dickens.

Al llegar la noche la gente sale con sus sillas de mimbre a recibir la brisa. Otros prefieren ir al Shark Bar a tomarse una cerveza y escuchar Oasis. O también pueden visitar Coco Café Cacao para degustar una torta de chocolate.

Entretanto, el biólogo Marco Caputo, con unos compañeros curiosos, va otra vez a Playa Grande para verificar si nacieron los tortuguillos de uno de los nidos en los que desovan las tortugas marinas cardón, caguama y carey, como parte del proyecto de protección animal que impulsa junto a la comunidad.

Ya de mañana, Elizabeth Quintanales amanece en la posada Las García cantando música barroca y ofreciendo a sus clientes 13 libros por habitación en lugar de un televisor; la acompañan sus carismáticos loros que entonan el Himno Nacional. En Arakemo, Walkiria Aragort espera a los turistas con su larga sonrisa y un café con un toque de canela que sabe a familia.

Más allá, en Aves de la Montaña, Ernesto Tarkanyi se levanta rodeado de pájaros madrugadores y de una frondosa vegetación, que juntos forman una orquesta natural. Piensa en su eslogan, que también es una filosofía de vida: “Por Venezuela, vale la pena”. Porque Choroní es como una pequeña Venezuela. Padece los problemas, los sufre, recibe pequeños y grandes golpes como Rocky Balboa, pero todos los días se levanta con la frente en alto, mirando hacia el horizonte azul de Playa Grande.

Fuente: El Nacional

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