Trabajadoras sexuales sobreviven entre el placer y la desconfianza

“Tengo 21 añitos, cabello largo negro, ojos oscuros, senos pequeños pero lindos, pompi paradito. Atiendo de lunes a domingo. Previa cita”.

Esa es la carta de presentación de una muchacha que no pasa el 1.65 de estatura, es de tez clara y que desde hace más de dos años se gana la vida “vendiendo su cuerpo”.

Casabra, Girena, Sisney, Coralba, Firy, Firela… Cualquiera de esos nombres está asociado a estas damas de compañía. Y es que en “ese mundo” la identificación es lo principal, pues va de la mano de su objetivo fundamental: hacerse fama para cotizarse más cara y ganar más dinero.

Primeros pasos

El inicio en la prostitución no es fácil, algunas comienzan por necesidad, otras por obligación (tiene a alguien que se lo impone), por curiosidad o porque tienen la “semillita”.

“Comencé en septiembre (de 2016). Un día estaba en casa de un amigo que hospeda chicas en Caracas, lo estaba visitando cuando llegaron varias de las más sonadas. Me interesó mucho su trabajo, toda la plata que tenían, me gustó y quería experimentar, así que comencé a publicarme en páginas web. Actualmente me va bien”, relata sin pena alguna “Frindys”, una muchacha de 21 años, quien pidió reservar su nombre real.

Ella nació en Caracas. Estudió todos los niveles educativos y en estos momentos cursa Administración de Empresa en un instituto. Antes de septiembre era modelo y había trabajado en tiendas, pero sus ingresos no eran suficientes para cubrir sus gastos (en aquel momento en salario mínimo estaba en Bs 22.576 y el bono de alimentación en Bs 42.480), por lo que decidió internarse en ese “mundo”.

“Frindys” asegura que reunía las cualidades suficientes para “dar la talla”: morena, 1.53 de estatura, cuerpo de modelo y “una todavía con apariencia de niña que llama mucho la atención”. Además, obviamente, no era virgen (la “perdió” a los 16 años de edad) y tenía “recorrido”.

Esta especie de “patrón” se cumple con las “primerizas”. Sin embargo, hay algunas que no tuvieron esa etapa de “recorrido” y empezaron a cobrar por sus servicios desde muy jóvenes, como es el caso de “A. G.” (Pidió mantener su nombre en anonimato). Ella, morena, de metro 1.60, con mechas californianas ya desgastadas y leves retoques de maquillaje en la cara, trabaja en la calle desde los 11 años, hace par de meses cumplió 20 años de edad y asegura que nunca ha necesitado de nada ni de nadie porque lo que hace “se lo ha ganado”. Ella no tiene pinta de “niña”, más bien aparenta más edad de la que dice tener.

“A. G.” afirma que comenzó a trabajar por necesidad. Le salió “cuerpito” joven y eso le permitió “abrirse paso”. Ahora, con su “experiencia” dice que no confía en nadie. “He tenido varios problemas, siempre está la competencia, las nuevas, las operadas de todo, la que se la tira de más bonita, que si la otra esto o aquello. He recibido mensajes y llamadas de amenaza a mi teléfono, me dicen de todo, pero uno siempre sabe dónde y cómo moverse”.

“Frindys” coincide con ella. “Frindys” ahora no solo se comercializa en páginas web, también tiene clientela y espera por la llamada de alguno de ellos para trasladarse al sitio. Además, prefiere prestar su servicio en zonas de confort: El Rosal (la primera opción y el sector más solicitado por sus clientes), El Paraíso, La Castellana y La California. “Plaza Venezuela (y la “calle de los hoteles”) no la piso ni porque me paguen lo que me quieran pagar, ni por mucha plata. Plaza Venezuela es un sitio en que están todas las chicas de la calle. Uno no sabe quién carrizo le espere ahí”, cuenta.

Modus operandi

Contratar a una trabajadora sexual no es difícil, con tener el número de una, conocer si tiene disponibilidad, acordar un hotel y listo. El modo de pago lo ponen ellas: efectivo, transferencia o hasta punto de venta.

“Imagínate que estamos en una agencia, una persona nos llama, nos solicita, nosotras le decimos el costo y dónde atendemos. Cuando acordamos todo nos llegamos director al hotel”, relata “Gab. I.”.

Luego, antes de ir al lugar, las jóvenes se comunican con el hotel, preguntan si la persona se hospedó, si es una sola y hasta si no está alcoholizada o drogada. “Uno siempre tiene dudas, no sabes con qué te vas a conseguir”, agrega.

Otras le suman a esas medidas de seguridad una especie de escolta. “Tengo un chico me acompaña hasta la habitación, está pendiente para defenderme, me cuida”, cuenta “Frindys”, y aclara que el escolta no se queda con ella: “Se va y cuando termino con el servicio lo llamo y me busca”.

Este tipo de “contratos” no son la única opción para disfrutar de un rato. En zonas como La Hoyada, Plaza Venezuela, La Campiña y Sabana Grande y avenidas como Baralt, Urdaneta, Victoria, Fuerzas Armadas y Nueva Granada hay agencias, estudios y oficinas especializadas en “dar placer”. Ubicarlas no es tan fácil, si el cliente es primerizo y las contacta vía telefónica le dan la dirección. Al llegar el panorama es como cualquier oficina: puerta de vidrio, timbre, recepción, personal administrativo y la “mercancía”. El cliente puede elegir cualquiera de las muchachas -o muchachos-, pactar cuánto tiempo quieren, qué desea o puede seleccionar alguna de las opciones del “menú”: una hora por dos “relajaciones” (una oral y otra vaginal); media hora o 15 minutos por una “relajación” (de la forma que el cliente quiera); masaje, oral (solo estimulación) y una “relajación” por una hora; entre otras. Todo depende del local y los servicios que ofrece. El tipo de pago también lo deciden ellos.

La otra opción para disfrutar de “una aventura” es recoger a cualquiera en la calle. Con ellas el proceso es mucho más fácil: se pacta un monto, tiempo y hotel (el hospedaje va por cuenta del cliente). En Caracas es común verlas en El Rosal y Plaza Venezuela, zonas con hoteles para todos los gustos. Avenidas “históricamente” asociadas con esta práctica como la Baralt, Libertador y Urdaneta están desoladas de noche, la inseguridad las corrió.

Operadas y mayores

Cuando “Frindys” comenzó no tenía operados los pechos, a medida que fue conociendo más de la movida y teniendo buenos ingresos decidió implantárselos para cobrar mejor y que “me busquen más”.

Ella cuenta, sin tabú, que la mayoría de sus clientes sobrepasan los 40 años de edad. “¡Ay, sí! ¡Casadísimos!, ya mayores, con sus vidas hechas” (risitas). “Uno se siente bien con ellos, porque la son las personas que te tratan bien y pagan mejor”, relata.

“A. G.” también prefiere a los “viejos”, como ella los llama. Son lo que más “están claros” y no le hacen “perder el tiempo”. En cambio, cuando la solicitan parejas, por lo general, son principiantes por lo que tiene que poner sus reglas. “Los amoldo a mi trabajo, hago lo que sé, yo les enseño. Me doy cuenta a medida que pasan los minutos, si me exigen es porque no son principiantes”, agrega.

Aseguran, que también hay casos como los clientes que están borrachos, a quienes les exigen su pago y “chao”, porque ellas “se hacen respetar”.

Fuente: 2001

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